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Historia de Lord Elric de Melniboné


Relatos

10-06-2008 16:05
Por: Zerat Aratkal

Un homenaje a Moorcock que escribi hace ya varios años.

Ésta es una historia de Lord Elric de Melniboné, escrita por su pálida mano tinta en la sangre de los que se cruzaron en su camino, en la que narra una de sus desventuras no conocida todavía, y de Portadora de Tormentas, su demoníaca espada saciada por las almas de los que se opusieron a él.


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Mi nombre es Elric y soy el albino Emperador de la perdida Melniboné, el imperio que subyugó al resto de pueblos, el imperio que yo destruí. Soy Elric Matamujeres, pues es mi destino que aquellas a las que amo caigan bajo el filo de mi espada. Soy un cáncer sobre el mundo atado al mayor de los demonios por pactos de sangre y muerte, y vago por el mundo aumentando a cada paso mi sanguinaria cosecha de almas y destrucción.

Ya os he contado mi sino, mi pena, mi castigo. Ahora os relataré una historia.

Comienza, como otras tantas historias ya narradas de otros tantos héroes ya olvidados, en una taberna. Me encontraba solo, sentado en un rincón, bebiendo el vino especiado del tabernero, un vino que ni se habría servido a los perros en Irmyrr, la ciudad de Ensueño que yo ordené destruir. Aferraba la copa de latón con mis largos dedos blancos mientras contemplaba mi reflejo en el líquido de color sangre y pensaba en todos aquellos que habían muerto y cuyo fluido vital había manchado mis botas.

Una mujer entró en la taberna en esos momentos. Oteó la sala y se lanzó a mis pies de rodillas llorando sobre mi capa púrpura.

-Mi señor Elric -sollozó la mujer entre sus bucles castaños- soy la reina de un humilde país, y pido ayuda al mayor hechicero que ha pisado la faz de la tierra para que me ayudé a defender mi pueblo de la amenaza que sobre él se cierne.

Yo sujeté su barbilla con mi mano y alcé su cabeza. Le miré los ojos. Pude ver el miedo en los suyos cuando vio mi cadavérico rostro y los rubíes que adornan mis cuencas. Me gustó su cara. Era bonita y delicada, aunque tenía algo de salvaje.

Así fue cómo me embarqué en un largo viaje, no porque me importase aquella mujer ni su estúpido reino, si no porque me había gustado su mirada.

Navegamos por encima de Tarkesh y dejamos muchas jornadas atrás la ciudad de Nio. Cuando desembarcamos lo hicimos en un pequeño puerto en medio de ninguna parte con una gran planicie ante nosotros por la que cabalgamos la reina y yo durante tres días. Durante todo este tiempo ella, que se llamaba Kaltim, me contaba cosas sobre su país mientras yo calentaba el agua en las hogueras y preparaba las infusiones de hierbas que me habían de devolver las fuerzas que el ejercicio robaba a mi débil sangre.

El país, Tuyheim, era una fría planicie con solo aquella fuerte hierba que aferraba en cualquier sitio como vegetación y unos pocos árboles en el extremo occidental. Era un país pobre con cabañas de barro y pieles, y las pocas construcciones importantes eran levantadas con la piedra de las montañas en el norte.

Las gentes del país, reunidas en pequeñas aldeas de apenas una decena de casas, saludaban a Kaltim con grandes exclamaciones de afecto. Incluso a mí parecían recibirme con los brazos abiertos, algo que era mucho más de lo que podía pedir en los más civilizados Reinos Jóvenes. Eran gente pálida de pelo negro, extraños en su amabilidad. Manifestaban su curiosidad por mí de una forma cortés, pero era curiosidad al fin y al cabo, y llegados a ese punto yo me retiraba a la cabaña que me habían indicado.

Al tercer día de viaje vimos columnas de humo en el horizonte. Kaltim se irguió en su silla con expresión preocupada. Sin decir una palabra se puso al galope. Yo la seguí sabiendo lo que encontraríamos.

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El poblado había ardido. Dos docenas de personas yacían muertas por el suelo a medio devorar por una boca enorme. Otras ardían aún en piras, apilados como sacos. Sus cabezas estaban amontonadas en una pequeña montaña. No habían respetado a nadie: niños y ancianos, mujeres y hombres nos miraban por igual con ojos vacíos perdidos en el infinito. No aprecié signos de lucha; aquella gente se había rendido sin plantar cara y habían sido ejecutados fríamente.

Kaltim estaba de rodillas llorando. Yo busqué entre las ruinas un pequeño barril de aquel aceite que las gentes de Tuyheim usaban como combustible y lo esparcí sobre los dos montones de mutilados cadáveres. Después les prendí fuego. Tormentosa, envainada en mi cadera, se estremeció amargamente. Tal vez lamentando aquel desperdicio de almas.

La reina rezó a sus pequeños dioses familiares hasta la medianoche. Yo había encendido fuego y fabricaba las infusiones que me mantendrían fuerte. Cuando ella se sentó ante mí pude ver sus ojos, y al contemplarlos supe que no tardaría mucho en prescindir de las hierbas, pues pronto la energía que me sustentaría sería la de las almas de hombres devorados por mi espada.

-Hace aproximadamente un año un hombre vino a mí -confesó la reina-. Dijo ser un hombre elegido por los dioses para servir al pueblo de las praderas. El hombre era un hechicero y tenía poder sobre los elementos. Parecía sincero y lo acepté en mi corte. Por un tiempo las cosas fueron bien, las cosechas prosperaron y nuestro ganado medró. Sin embargo nos traicionó.

-¿A qué te refieres?

-Tras tres estaciones vinieron unos hombres, y el hechicero los acogió en mi casa diciendo que eran soldados y que servirían al pueblo. Pero aquellos hombres llevaban acero y mi pueblo no posee el conocimiento para extraer de Grome lo que Grome no quiere darnos. Los hombres descubrieron que eran fuertes y nos subyugaron. El hechicero construyó una torre en algún lugar de la planicie y se proclamó rey. Yo conseguí huir aquel mismo día, pero mi corte fue destruida. En Tarkesh oí del Lobo Blanco y desde entonces os busqué por todo el mundo.

Yo me levanté. Removí un pequeño montículo de cenizas con la punta de mi bota, después, mientras contemplaba la mancha gris en la curtida piel negra mascullé: “Pan Tang.” Kaltim me miró sin comprender.

-Puedo oler su hedionda presencia incluso entre este humo. Este crimen no quedará impune.

-Pero, Elric, ¿cómo darás con ellos? Nadie sabe dónde se esconden.

-Para los ojos de un brujo entrenado el paso de los demonios se puede rastrear tan facilmente como el de un lormyriano borracho. No te preocupes, mi reina: el azote de tu pueblo pronto dejará de existir. -Sin querer, mientras decía esto, mi mano derecha acarició la empuñadura de Tormentosa.


Tardamos tres días más en alcanzar la torre. Mis ojos, preparados para la magia, me mostraban claramente el paso de una bestia gigantesca, una criatura que, a pesar de tener cuatro pezuñas hendidas, arrastraba por el suelo una enorme panza. Debía ser un demonio muy poderoso si él solo había terminado con el pueblo. Tal vez un Señor menor del Caos, pero Señor al fin y al cabo. La idea me hizo estremecer.

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Había vendido mi alma al Caos hacía tiempo, esperando que mi amor me fuese devuelto. Mi patrón, Arioco, cumplió su promesa pero por desgracia Cymorill no tardó en morir bajo el filo de mi hambrienta espada. Era pues un guerrero juramentado, un pelele tal vez, aunque yo prefería pensar lo contrario, que aun disponía de cierto libre albedrío. La ilusión del esclavo.

Tardamos pues tres días en alcanzar la torre; era una construcción de basalto y oro, de gemas increíbles engastadas. Se alzaba quince metros sobre el suelo, tan ostentosa que me recordó la caída torre de Baalz’neebet. La arquitectura era mucho más tosca, más humana, pero la suntuosidad de la que hacía gala era comparable a la de mi Melniboné natal.

La princesa me miró, esperando mi reacción. Le devolví la mirada, un plan se perfilaba en mi mente:

-Alejaos. Marchad lo más lejos posible.

-Pero, Elric…

Levanté mi pálida mano y coloqué la punta de mis dedos sobre sus labios, ella puso fin a su alegato ante mi gélido contacto. La Actorios, el anillo de Reyes de mi índice, pulsaba anticipándose a la hechicería que iba a desatar.

-Cuando la desenvaino mi espada mata amigos y enemigos por igual. Creedme, no os gustará estar cerca cuando Portadora de Tormentas empiece a cantar.

Sus ojos se clavaron en mi espada con pánico. Había oído las leyendas…

-Que los dioses de las planicies os sean propicios, Lord Elric -deseó la mujer antes de dar media vuelta y espolear a su caballo.

Yo sonreí para mí. No eran sus inofensivos dioses quienes debían serme propicios. Con la terrible mueca en la cara me acerqué a la torre.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Gracias por los comentarios.
13-06-2008 20:55
Pues eso, muchisimas gracias por los comentarios, a mi siempre me ha encantado el estilo fresco de Moorkcock en esta saga, tan ligero e impactante.
Personalmente no escribo así, me acerco más al de Crónicas del Campeón Eterno, pero hace un par de años me dio por escribi este relato imitando el estilo de los libros de Elric como diversión.

Espero animarme a escribir algo actual y que tenga tan buena acogida. He estado ojeando los foros y veo que sigue tan animado como hace 5 años cuando deje de participar en ellos. El Monstruos de la Razón me tienta sobremanera.

Un saludo y de nuevo muchisimas gracias.

   Muy bueno
11-06-2008 15:44
Se agradece un relato de un clásico como Elric.

   Buen relato
10-06-2008 16:14
Siempre me resulta raro cuando se escribe una historia "no oficial" de un personaje tan carismático como Elric, pero creo que te ha quedado muy bien. Tiene un sabor muy propio de los Reinos Jóvenes y el ritmo y la acción están muy conseguidas. A ver si te leo más a menudo.




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