El encuentro I |
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20-05-2008 16:47
Por: manheor
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A “Ella”, mi único amor en éste y otros mundos...
Las cuatro de la madrugada. Dean miró la hora en el salpicadero, sin creerla del todo, y giró el volante para tomar la curva que doblaba hacia la izquierda por el estrecho sendero en una suave pendiente. ¿Cuántas horas llevaba conduciendo? ¿seis? ¿siete ¿más aún? No lo sabía, no recordaba nada desde la salida de la N-657, cuando, sin motivo aparente, se saltó la desviación que lo llevaba hacia Salt-Lake —hacia casa— dio otra vuelta a la glorieta y tomó una carretera comarcal sin fijarse en las indicaciones. No quería saber a dónde iba, sólo eso estaba claro en el manto de turbio cansancio que lo envolvía, como si su cerebro estuviera perdido tras un mar de gasas y algodones.
Las sombras entrelazadas de los abetos que flanqueaban la carretera resbalaban sobre el cristal, sumergiendo el interior del coche en un oscilante vaivén de luces y sombras. Dean se pasó los dedos por los ojos, manteniendo el pie derecho hundido sobre el acelerador, e intentó desembotar el puzzle de emociones que abotargaba su pensamiento. No lo consiguió. Miró sin ver los amplios conos de luz que los faros de su coche cortaban en la oscuridad, como porciones de un queso espectral, y se dejó invadir por el dolor, por los recuerdos. Un rostro se dibujó, definido, en la vorágine confusa que lo invadía. El rostro de Melanie, emborronado tras la mascarilla de plástico que lo ceñía.
Habían pasado tres meses... Dean sonrió sin alegría, una curva estrecha y fina en sus labios que sus ojos acuosos desmentían. Habían pasado tres meses... Dejó de sujetar el volante con la mano derecha, estiró el antebrazo hasta palpar con los dedos la manija de la guantera, la abrió y comenzó a rebuscar en su interior. Sus dedos acariciaron una textura metálica y punzante (su manojo de llaves), una superficie acolchada y mullida (la cubierta de la carpetilla con los documentos del seguro) y luego, a la izquierda, la textura suave y seca de un papel fino. La tomó en su mano y la acercó a su nariz. Allí estaba, tenue y desvaído, el olor de sus labios.
La sala de espera de la U.V.I. estaba a rebosar aquella noche y Dean sentía cada grito, cada roce de pasos apurados por el linóleo, cada tos asmática a su lado, cada empujón en el vientre de aquellos que se sentaban apresuradamente, apretujándose en el banco... Los sentía con un escalofrío, como si una tiza rayara la pizarra de sus nervios a cada instante, cada vez más fuerte.
Dean suspiró, se sacó el paquete de tabaco de la pechera, extrajo un cigarillo y lo golpeó dos veces contra la tapa plegable de la cajeta; una costumbre. Se quedó mirándolo, con el índice y el pulgar dibujando una O bajo su nariz. Lanzó un fugaz vistazo al pilar de hormigón pintado de un aséptico verde moqueta que tenía enfrente. Un cigarrillo grueso y negro, tachado en rojo y apresado en un círculo. Arrugó la nariz y partió el cigarro en dos. Una lluvia marrón le cayó sobre el regazo de los pantalones. Levantó una ceja, escuchando a Melanie reír en su cerebro: “Oh, Dean, eres tan... ¿tú?”, aunque Dean sabía que no lo preguntaba. También sabía que Melanie no le estaba susurrando, era su cabeza, pero le gustaba creerlo... “¡Anda que sí!”, contestó de nuevo la Melanie imaginaria. “Pero ya sabías qué ibas a hacer antes de coger el cigarrillo.” Dean sonrió sin mover los labios y pensó, mientras empujaba el tabaco, con la palma extendida, de su pernera a la otra mano, que quizás sí. No, seguro, claro que sabía qué iba a hacer antes de tocar la puñetera cajetilla.
La puerta de la 267 se abrió, justo en frente de la de Melanie y a unos ocho metros de la sala de espera, del mismo lado en el que Dean esperaba en el banco a que le dieran permiso para ver a su mujer; la habitación de Susan y su pequeña niña Alice. Un escalofrío recorrió su espalda.
Una silueta esquelética emergió bajo las sombras de la habitación a oscuras, tan sólo iluminada por la luz de la cabecera de la cama y aquel puto botón naranja de la pared; “el botón del pánico”, pensó Dean: “púlselo cuando crea que puede perder el partido”. Pero allí todos perdían, tarde o temprano. El juego no era limpio; estaba amañado, baby, no había nada que hacer. Dean amagó un saludo mientras miraba aquella silueta, Susan la ex-luchadora recientemente ascendida al último puesto del ránking oncológico: alma errabunda.
El suéter amarillito y los pantalones de lona gris, agujereados en el trasero aunque Susan probablemente no se diera cuenta de nada, se le antojaban a Dean el pijama de un concentracionario, la dejadez urdida por mil noches de pastillas e insomnio; una mortaja. Susan ya estaba fiambre de cintura para arriba, aunque podría tardar veinte años en darse cuenta. Pasó de largo y Dean pudo ver sus ojos, ojos bulbosos, saltones. “Ojos de pescado muerto”. El escalofrío clavó sus garras otra vez, como el amigo al que nadie ha invitado pero que por nada del mundo se perderá la fiesta. “Ese podrías ser tú, Dean”, decía el amigo palizas, con su voz de serie B, “ese podrías ser tú”. “Sí”, pensó. “Pero no llegaremos a tanto, ¿verdad?”. El colega se rió sin humor, quebrando estalactitas punzantes en sus neuronas. “Todo llegará, Dean, todo llegará”.
Pudo entrar en la habitación de Melanie a la una de la madrugada, justo cuando una enfermera salía con una bolsa de plástico maloliente. Dean no olvidó las líneas arrugadas de la enfermera sobre la tela turquesa de la mascarilla.
La habían limpiado y le habían vuelto a rapar la cabeza. Su cráneo reflejaba la luz aséptica y sin matices del tubo fluorescente situado sobre la cabecera de la cama. Parecía un huevo cocido, con la cáscara reblandecida, y la imagen evocada hizo que Dean quisiera arrancarse la lengua con las manos.
Melanie tenía los párpados entrecerrados, pero sus ojos no se movían, así que si dormía, no dormía profundamente. “Tanto tiempo entre médicos al fin sirve para algo”, pensó Dean y esbozó esa sonrisa sin alegría que se había convertido en un hábito. Acercó el ligero taburete de aluminio a un lateral de la cama, apagó la luz fosforescente y tomó la mano de su mujer entre la suyas, acariciándole con el pulgar la piel surcada de gruesas venas. Un recuerdo trivial, apenas un retal de su pasado juntos, emergió con una intensidad que le cortó el aliento.
La mano de Melanie se posaba entre las suyas justo como en aquel momento, pero estaban a la luz del día, en el campo, pasando una jornada de descanso al aire libre. Las servilletas y los platos de plástico formaban pequeñas pirámides sobre el mantel a cuadros rojos y una legión de hormigas comenzaba a desfilar entre los restos, cargando como esclavos egipcios (una comparación muy de Melanie) los pequeños tesoros que habían hallado. Dean sostuvo la mano de su mujer por un instante, admirando la perfección de su cutis y también las primeras manchas de la edad, tenues lunares en su belleza lozana de treintañera. Levantó la vista y la miró. Estaba sonriendo, como siempre. Su cabello rojizo flameaba en el viento en pequeños y juguetones rizos y sus ojos verdes relucían con el reflejo de la intensa luz del mediodía. Una pequeña peca amarilla en la comisura de sus labios llamó la atención de Dean. Suavemente, se inclinó sobre el rostro de Melanie y deslizó su lengua por aquella peca. Era mostaza...
Dean dejó escapar un susurro ahogado de sus labios. El recuerdo se desvaneció. Melanie no despertaba... Enjugándose las lágrimas de las mejillas, cerró por un momento los ojos y se concentró en el tacto de aquella mano, grabando cada línea, cada detalle...
-Te vas a quedar dormido...
Abrió los ojos con un respingo. Melanie lo miraba con una sonrisa delgada que se extendía en arrugas por todo su rostro, desde la comisuras de los labios hasta su cuero cabelludo.
(huevo cocido...)
Dean se estremeció y encendió la luz con un gesto trémulo. Melanie le atrapó la mano y se la intentó apretar con fuerza; parecía un gorrión intentando abrazar una montaña. Su sonrisa se ensanchó.
-Ya sé que no me sienta bien este peinado, hombre, -dijo Melanie, esbozando una tenue sonrisa-, pero tampoco es para...
-¡MELANIE!
No quería gritarle, de hecho, era la última jodida cosa que quería hacer, pero no podía evitarlo, no podía soportar que ella supiera cómo... bueno cómo la veía ahora. No podía permitirse de que dudara que la seguía amand...
-Sé que me quieres, Dean, pero ya sabes cómo me gusta andar tocándolas y manoseándolas -se rió con un sofoco ahogado-. Pero admítelo, me queda mejor rizado.
Esta vez, los dos se echaron a reír.
Dean se pasó la siguiente media hora escuchándole cómo había pasado el día. Melanie era muy buena contando historias, las historias era su especialidad, y convertía cada descarga de quimioterapia en un combate con un dragón, cada cambio de pañal en una ayuda de sus fieles escuderas, las de las mascarillas, cada visita del doctor Forrester, en una sala de guerra, en el que su oficial más experto le informaba de cómo iba la batalla ese día, de hasta qué punto las líneas enemigas habían menoscabado sus defensas.
-No vamos ganando -dijo Melanie sin borrar el brillo risueño de sus iris esmeralda-. Pero le he dicho a maese Forrester que tal vez accedan a firmar las tablas, no creo que quieran llegar hasta el lecho de la reina, ¿verdad, Dean? O debería decir hasta sus bragas. Me han dicho que es una preciosidad.
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