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Repaso diario a lo acontencido desde Le Croisette.
Día movidito en Cannes. Gus van Sant presentó su nueva película, “Paranoid Park”, ante la alegría y alboroto de los franceses, que le siguen riendo las gracias al supuesto genio de Kentucky; Angelina Jolie llegó y fundió a todos los presentes con una sola mirada, derritiendo los cerebros de algunos y cosechando excelentes críticas con la muy mediocre “A Mighty Heart” y Tarantino, el fenómeno Cannes por excelencia, nos enseñó su ultimo as bajo la manga, el nuevo montaje de su “Death Proof”, de ése conjunto ya maldito que es y será “Grindhouse”.
Cuando Van Sant presenta película en Le Croisette, juega en casa, y él lo sabe muy bien. Para su último proyecto, no ha dudado en aliarse con MK2. Con “Paranoid Park”, Van Sant da carpetazo definitivo a su trilogía estilística con “Last Days”, que parece finalmente se podrá ver en España este mes de Junio.
Todos aquellos que me conozcan un poco, sabrán del odio que proceso hacia el cineasta de Kentucky. Su autoconciencia en los últimos años de ser lo más respetado dentro de la crítica más “in”; la banalización de sus argumentos adecuándolos a su manera de hacer cine y a su universo personal, y por qué no decirlo, la actitud de algunos de sus seguidores, que cegados por un radicalismo feroz, no dudan en desprestigiarte siempre y cuando pongas en duda la valía del “autor”.
Con “Paranoid Park”, Van Sant vuelve a dar una vuelta a su estilo (me pregunto cuál sería el de “Descubriendo a Forrester”), de Sokurov o Tarr, pasamos a Andy Warhol o incluso a un Larry Clark, más depurado y más artificial. La historia, una especie de “Crimen y Castigo: Generation MTV”, sigue la vida cotidiana de un skater adolescente, que se ve involucrado en un crimen de un guardia de seguridad. Estructura temporal indefinida, a veces cercana a la paranoia, que acosa al propio protagonista, con supuestas actuaciones veraces y desnaturalizadas, etc… Se cogen los mismos ingredientes que en sus tres anteriores películas, se cambia batidora, se añade un chorrito de Christopher Doyle, y ya se tiene “Paranoia Park”. A tomar, preferiblemente en caliente y acompañada con algún premio, ya sea Palma o Especial del Jurado. Al menos, no ha conseguido ofenderme y preparo con fruición las palomitas para el estreno de “Last Days”, que puede propiciarme una verdadera “Ola de Crímenes (cinematográficos), ola de risas.
Michael Winterbottom, puede gustar o no, pero lo que no se le podía achacar es haberse plegado a un estilo, un género, un algo a lo que apegarse, incluso, se le podía loar, como cineasta independiente, que ha seguido trabajando, a pesar de pasar de ser el niño mimado de buena parte de la crítica y festivales, a quedar en un auténtico segundo plano (ganar premios en Berlín, no significa nada, en el panorama cinematográfico actual)… eso, claro, hasta que Angelina Jolie, se ha cruzado en su vida.
“A Mighty Heart”, es una de esas películas, que Cahiers en su día, habría considerado pertenecientes a “la política de actor”. Aquí, la que importa, ha sacado el proyecto adelante, es el centro de la historia y la película está hecha por y para ella, es la actriz. Todos los demás, está de más. ¿ Winterbottom ? Aún se le busca. Su estilo no pasa más que por poner un par de pinceladas de él, para que se pueda apreciar, que hay un director “de prestigio” tras las cámaras. Aquí sólo importa Jolie, ya sea para la promoción de la cinta, para su futura taquilla, o para la más que segura nominación al Oscar que le caerá a la actriz (sino el premio gordo), porque Angelina hace de unos de ésos muy alabados “tour dé force”, es decir, que llora mucho y chilla aún más. Chilla tanto, que me despertó del plácido sueño en el que me encontraba en mi butaca.
Y en éstas que llegó Tarantino. Y no llegó de cualquier manera, sino que lo hizo con su película más radical de su carrera. Un auténtico kamikaze pilotado por él mismo, que está dispuesto a chocarse con cualquiera que se ponga en su camino, incluidos sus fans más acérrimos. Un vehículo cinéfilo a toda velocidad, que hará las delicias de los amantes del cine de los años setenta y de paso, una nueva reinvención posmodernista de género, en este caso, prácticamente de dos (los slasher y las películas de conducción de los setenta), por parte del director, que se convierte en un alter ego camarero de Johnny Cash, en su faceta como actor.
Película sosegada, la calma que precede a la tempestad, muchísimo diálogo, casi tanto que no es difícil perderse en ellos, destacando un brutal plano secuencia de más de diez minutos, únicamente de diálogo que por sus características y por alguno de los movimientos de cámara, evoca a los inicios de carrera del director, con el ya famoso inicio de “Reservoir Dogs”. Tarantino busca la libertad creativa, a través, precisamente, de un género y una película que anhela la libertad corporal y espiritual como modo de vida, no sin ello, renunciando a sus guiños al espectador y haciendo de paso una especie de balance de su carrera. Por la película se pasean desde numerosos pies descalzos a los que rendir placer sexual, las habituales marcas del universo tarantiniano, algunos personajes habituales de sus películas, hasta las ya clásicas referencias televisivas y habituales propias del director.
No sólo, Quentin brilla con gran fuerza en el film, porque básicamente es un gran vehículo a todo movimiento, para demostrar sus inmensas dotes como cineasta, sino que permite el rescate de un gran actor como es Kurt Russell, demostrando toda su fuerza interpretativa en la primera mitad de la cinta, y regalándole un homenaje o parodia en el segundo tramo del metraje, APRA que pueda reírse de sí mismo.
Sin duda, el proyecto “Grindhouse” y “Death Proof” es una de las citas cinéfilas ineludibles de este año, y aunque sea partido por la mitad, Cannes tenía que tener su ración. Es una lástima, que por raciones meramente snobs y de rechazo al cine fantástico, no hayan querido meter el complemento perfecto a la película de Tarantino, el “Planet Terror” de Rodríguez.
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