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Crónicas de Vaarun- Sombras sobre el más grande reino (V)


Relatos de Fantasía

27-11-2002 11:26
Por: Alaun

Higgins llega a Baras tras percibir que lo persiguen y espera la llegada del grupo, quienes deben viajar hasta el reino en la tralla del Bareen acompañados por Wallace, el curandero de Watts, tras una recaida de Corel.

- ¡Oh! La verdad es que nada, señorita. Esta misma mañana, después de irse a descansar, el mismo Lawrence, jefe de nuestra guardia, se hizo cargo de la cuenta por anticipado. Y me dio un mensaje.
- ¿Cuál?
- Dijo que se quedaría con el trozo de prenda del niño. No lo entiendo pero les digo lo que me ha dicho.
- ¿Y por qué pagaría él las habitaciones?- preguntó extrañada.
- Déjalo...- le respondió Talot.- Él sabrá porque. Higgins seguramente nos este esperando ya en Baras.
- Ti... tienes razón.- dijo no muy convencida.
Al adentrarse entre la multitud de Hombres que permanecían en el local estos se fueron apartando a cada lado dejándoles el camino libre. Al llegar a la calle la situación se repitió. Fue como si la actividad en la aldea se detuviera. Todos los observaban en silencio solo roto por el ruido que producían los diferentes animales que cruzaban el camino que atravesaba la aldea. Talot, con la cabeza bien alta, inició la marcha hacia la casa del curandero seguido por Thomas que lo imitó. Detrás de ellos continuaron los demás. Muchos niños se asombraron al ver la magnitud del arma del enano caminando frente a ellos para poder observarla mejor. Al contacto con el sol brillaba con fuerza y parecía llena de poder. No faltaba motivo para el asombro. Aunque ellos no lo sabían aquella era nada más y menos que Galgalier, el arma que blandió el rey enano Itasor para acabar con la vida del dragón Savoir, el cual se había hecho con el control del reino de Grok, unos mil años atrás. Había sido forjada por los más experimentados herreros enanos, conocidos en todo el mundo por su buen hacer. Como había ido a parar aquella legendaria arma a manos de Talot era todo un misterio, ni siquiera sus compañeros lo sabían.
No tardaron en llegar frente a la casa del curandero que los recibió con la faz seria. Les informó de que Corel había sufrido una recaída horas antes y en aquel momento se encontraba inconsciente, por lo tanto el viaje en tralla debía cancelarse. No se encontraba en condiciones de viaje alguno.
- Pero, ¿se encuentra bien? ¿Corre peligro?- le preguntó nerviosa Kira.
- Es normal que haya sucedido esto... lo contrario habría sido demasiada suerte. Tenéis que tener en cuenta que cuando lo encontraron hacia ya bastantes horas de que lo habían herido y el veneno estaba ya por todo su cuerpo. Tiene una resistencia asombrosa... pero no ha sido suficiente. Habría matado a cualquier criatura pero él sigue vivo. Tal vez dentro de una semana... dos semanas... puede que entonces este lo suficientemente recuperado... pero llevarlo ahora a Baras es una locura.
- ¿Una semana? No podemos esperar tanto.
- Lo siento, enano. Vuestro amigo no se encuentra en condiciones de viajar. Podría morir en el trayecto.
- ¿Qué podemos hacer?- se preguntó Kira.- ¿Y si viene usted con nosotros?
Wallace la miró sorprendido.
- ¿Yo? ¿Viajar a Baras?
- Sí, ¿por qué no?
- Imposible, esta gente depende de mi. Imagínate que alguien sufre algún tipo de accidente ¿quién podría curarlo? No, no, tajantemente no.
- Llegar a Baras no nos llevará mas de dos o tres horas, ¿no? Acompáñenos hasta allí, le pagaremos el viaje de regreso.
- ¿Estas loca? El tralla no volverá a Watts hasta dentro de unos meses. Imposible.
- ¿Y si le pagamos nosotros mismos un carruaje? ¿Cuánto puede tardar en regresar? ¿Siete horas a lo mucho?
- En Baras nos espera un amigo muy importante. No podemos faltar a esa cita.
- Por favor...- suplicó Edgard.
El curandero suspiró resignado.
- Estos jóvenes... que cabezotas pueden llegar a ser. No creo que sea una buena idea.
- ¿Acepta entonces?- le preguntó Thomas.
- Bien, de acuerdo.- concluyó.- Os acompañare. Pero si vuestro amigo muere no quiero ninguna responsabilidad.
- Si soporta el viaje hasta Baras ya no correrá peligro. Higgins es mago, él sabrá curarlo.
- ¿Higgins?
- Es quién nos espera en Baras.- informó Talot.
- De acuerdo, de acuerdo. Esperar un par de minutos hasta que recoja las hierbas suficientes para el camino, tendré que cambiarle las vendas antes.
- Yo puedo ayudarle, sé algo de plantas.- se prestó el enano.

El caballo de Higgins corría a toda velocidad mientras el nervioso anciano miraba a sus espaldas. ¿Cuándo se había dado cuenta de que lo seguían? Hacia poco menos de una hora y desde entonces la extraña persecución continuaba. No había logrado observar a sus persecutores pero sabía que estaban ahí, podía sentirlo, oír su respiración jadeante. ¿Quiénes eran? Tampoco lo sabía pero mucho se temía que eran aquellos mismos seres causantes de la destrucción de Portualias. Se adentró entre los árboles y allí se detuvo observando el camino. Seguro de que nadie llegaba aún elevó su bastón y susurró: Sarasta. De éste pareció caer un manto blanco que lo rodeó y luego despareció y con él el mago y su caballo. Ordenó al caballo que se estuviera quieto y se mantuvo expectante. Entonces oyó algo, un sonido semejante al que produce la leña al partirse.
- ¿Qué demonios?
Seguido de esto se oyeron no muy lejos la risa de niños. ¿Había alguien más en aquel bosque? Se alejó aún más del camino y fue en silencio en la dirección de la que provenían aquellas risas. En un claro del bosque había un hombre, un niño y una niña. El adulto se encontraba entretenido en partir leña mientras los pequeños jugaban cerca. ¿Debía de avisarlos y así mostrar su situación o por el contrario mantenerse en silencio para ver que sucedía? No quería poner sus vidas en peligro así que optó por la primera opción.
- Atsaras.- dijo y ante la sorpresa del grupo apareció de la nada, poco a poco, primero el caballo, después el sombrero puntiagudo, su larga blanca y al final el resto del cuerpo. Los niños chillaron huyendo hacia el adulto que no podía esconder su miedo. La figura del mago, montado sobre aquel blanco caballo, con la faz cubierta por una pequeña bufanda roja no parecía demasiado amenazante y el miedo desapareció pronto.
- ¿Quién es? ¿Qué desea de nosotros?
- Vengo a avisaros, huir de aquí inmediatamente.- los ordenó.- Por esta zona rondan seres extraños.
El hombre los buscó entre la vegetación con la vista.
- No hay nada.
- Pero no tardarán en llegar, iros ahora mismo.
-Sí...sí.
Ordenó a los niños que lo ayudarán a cargar con la madera y se alejaron corriendo. Higgins se giró y repitió el conjuro desapareciendo de nuevo.
- Vamos.- le susurró al caballo que obedeció. Regresaron al camino tras cerciorarse de nuevo que nadie los seguía. No había rastro de sus persecutores.- ¿Donde pueden haberse metido?
Decidió continuar la marcha tranquilamente y en silencio, intentando no llamar de ningún modo la atención. El camino del bosque iba recto durante unos treinta metros para luego llegar a una pronunciada bajada que terminaba en un pequeño precipio. No muy lejos en el horizonte, y rodeado de vegetación se encontraba Baras, bañado en su costa por las aguas del Bareen. La capital de reino, la ciudad de Barastur, fortificada y protegida contra cualquier peligro, se encontraba en el centro mismo de aquel basto territorio. Sus dimensiones eran enormes, muchas más grande que cualquier ciudad que Higgins hubiera encontrado. Varias pequeñas columnas de humo salían de ella y podía ver desde allí el ir y venir de mercaderes por la carretera principal que comunicaba todo el reino. En los alrededores de la ciudad, hasta llegar a la costa del Bareen se encontraban esparcidas multitud de cabañas, cientas, tal vez algo más de mil, lo que delataba la fuerte presencia de la agricultura en la zona. Y que decir del increíble puerto del reino, totalmente abarrotado de embarcaciones, pequeñas y grandes, en plena actividad. Aquella fastuosa visión lo sobrecogió. Baras, era sin duda, uno de los reinos más prósperos de los Hombres. Bordeó el precipicio siguiendo el camino que serpenteaba sobre una pequeña montaña hasta llegar a poco menos de veinte metros de la casa más próxima. Volvió al vista atrás intentando percibir algo que lo informara acerca de la posición de sus persecutores. Si de algo no dudaba era de la existencia de tales, ya que pese a que no había logrado verlos, si podía haberlos percibido. Un mago, si de algo se fiaba más que de su magia, era de su fino y desarrollado sentido de la percepción, Higgins no era menos. “Algo” había allí... algo siniestro. Un presentimiento fugaz recorrió su cuerpo. ¿Y si el objetivo de “aquello” que lo había seguido no era él mismo? Negó aquella idea. A su alrededor los mercaderes pasaban y él, aún invisible, los esquivaba sin dificultad. Se alejó de la carretera escondiéndose tras un frondoso árbol.
- Atsaras.- dijo volviendo a aparecer a la vista. Si algo deseaba era no llamar la atención y aparecer de la nada en medio de la carretera no era una forma de conseguirlo.- Bien.- se dijo.- Ya estamos en Baras...- acarició a su caballo.- Ahora debemos esperar.

Edgard no pudo dejar escapar su desilusión al comprobar lo que verdaderamente era la tralla. Había imaginado todo tipo de cosas pero lo que tenía ante él no se parecía a ninguna de ellas. La tralla era en sí una embarcación de tamaño mediano, no pequeña pero tampoco muy grande, la cual tenía adosada a sus laterales otras dos pequeñas embarcaciones que eran utilizadas para el transporte no solo de mercancías sino también de equipajes. Pese a que él ya había estado en Watts anteriormente nunca había tenido la posibilidad de ver tan extraño transporte pues nunca había coincidido su estancia en la aldea con la llegada de la embarcación, y bien que hubiera deseado haberla visto antes pues se hubiera evitado tantas conjeturas.
Los marineros ayudaron a Wallace y Kira a subir a cubierta a Corel que aún permanecía inconsciente mientras Talot y Saulo cargaban los equipajes en una de las dos embarcaciones laterales, ayudados también por marineros. Mientras tanto los pequeños permanecían inmóviles observando la actividad que parecía haberse despertado de improvisto en el puerto. Thomas parecía maravillado ante todo aquello. Varias veces se alejó de Edgard para poder presenciar más de cerca la captura de un mamelu, un enorme pez carnívoro bastante común por aquellas aguas. Varias barcazas luchaban por dominar al agitado escualo que luchaba por hundirse en el agua.
- ¡Cuando sea mayor quiero ser pescador!- le dijo sonriente a Edgard y este respondió a su vez con otra sonrisa.- Algún día pescaré yo solo uno de esos.- señaló al mamelu.
- ¡Edgard, Thomas! ¡Venir! Vamos a zarpar enseguida.- les comunicó Kira desde la cubierta. Talot y Saulo comenzaban a subir la pasarela y corrieron hacia ellos.
- ¿Crees que no veremos más a los cartirios?- le preguntó Edgard a Thomas mientras subían a la embarcación.
- No lo sé... yo nunca he visto uno de esos seres.
- ¿No? ¿No los viste en casa?
- No.-le respondió tristemente.- Mis padres me ocultaron en el granero cuando todo empezó. Fui allí donde Kira me encontró. ¿Cómo son?
- Feos, horribles. Tienen la cara blanca y grande, así.- le dijo estirándose los mofletes y haciendo que Thomas se riera.- No te rías, son muy muy feos. Y además gritan como si fueran animales... dan mucho miedo.
- Pues espero no encontrarme a ninguno de ellos.
- ¡Venir aquí!
Se situaron frente a Kira mirando por ultima vez Watts. Poco a poco los aldeanos habían ido agrupándose en el puerto, suponían que para despedir a la tralla que tardaría varios meses en volver.
- ¡Izar las velas!
- ¡Levantar el ancla!
La tralla pegó una pequeña sacudida y comenzó a moverse alejándose del puerto.
- ¡Algún día seré pescador!- repitió Thomas.- ¡Y pescaré en este mar!
- En realidad no es un mar, es un lago.- le corrigió Edgard.
- Ya lo sé. Me da igual, vendré aquí.
- ¿Quieres ser pescador, Thomas?- lo preguntó extrañada Kira y el pequeño afirmó.- Es un trabajo muy noble. Coges lo que el mar te ofrece para darlo a su vez a aquellos que lo necesitan.
- ¿Y tú no tienes un trabajo?
- ¿Yo? Viajo con ellos, Edgard. Prestamos nuestro servicios a aquellos que lo necesitan también. No siempre las personas se comportan de la mejor manera, nosotros evitamos que eso suceda... vamonos, nos esperan en el camarote.- les dijo al observar en el horizontes una figura negra montada sobre un caballo.

La oscuridad lo rodeaba y solo se veía a si mismo. Caminaba en ella sin rumbo, perdido. Estaba lleno de magulladuras que sangraban bañándolo en un rojo intenso. La oscuridad dio paso a un campo. Pero era muy diferente a cualquier otro. Sus árboles eran de color negro al igual que la hierba. Y de repente de la nada comenzaron a surgir cadáveres esparcidos por todos lados. Era como si aquello hubiera sido el lugar de una dura batalla. Pudo distinguir en la armadura de uno de aquellos hombres el emblema del reino de Quadar, el dragón blanco sobre la torre gris. Aquellos que no llevaban aquel emblema no parecían Hombres. Pese a estar muertos era como si de su propio cuerpo surgiera una tenue aura. Tenían los cabellos largos y unas pequeñas y características orejas que para su sorpresa acaban en punta.
- Elfos...- se dijo.- Son Elfos.
La tierra fue sacudida y el enemigo hizo entonces acto de presencia ante él. Un ejercito compuesto por todo tipo de seres horrendos: trolls, orcos, duendes. Gritaban pidiendo sangre. Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo. Se adelantaron hacia él pero a poco menos de un par de metros se detuvieron para dejar paso a una mujer que caminaba también hacia él. ¿Era ella también una Elfa? Lo parecía. Vestía un ajustado vestido de seda blanco que desprendía luz. Andaba descalza y sujetando en sus manos un cáliz. Su cabello era larguísimo, rubio y sus ojos profundos y grises.
- De esta copa beben todas las naciones de este mundo.- le susurró. Su voz era cálida y femenina. Parecía transmitir una placentera sensación de tranquilidad.- Pero mira,- le mostró el cáliz.- se encuentra vacía. Mi pueblo no puede llenarla de nuevo sola. Aquellos que lo intentan caen muertos, les es robada su vida, porque esta copa trae consigo la muerte. Unos pocos están destinados a llenarla... pero de esos pocos la mayoría han caído muertos... Ni ellos mismos saben que pueden llenarla...y un fuerte enemigo ha aparecido. Se ha hecho fuerte, no tenemos ninguna influencia sobre él. Recluidos como estamos en nuestros bosques no podemos hacer nada. Venir a verme a mi hogar, Lauriel, os espero allí. No os demoréis demasiado. El tiempo apremia... aquello que ves ahora no es fruto de tu imaginación, joven guerrero. Yo misma me estoy valiendo de tu estado para poder adentrarme en tu cabeza... venir a Lauriel, allí estaréis seguros por un tiempo...
Se dio media vuelta y se alejó pero poco después se detuvo de nuevo.
- Aún no es momento de despertar pero tus heridas curadas están...
Fue como si sacudieran su cuerpo o le propinaran una descarga eléctrica. Se agitó asustado y comenzó a gritar. Wallace se levantó de la silla que había junto a la cama y llamó corriendo a Kira. Está entró unos segundos después y al comprobar el comportamiento de Corel se llenó de terror.
- ¿Se va a morir?- preguntó a Wallace al borde del llanto.
- ¡Ya os dije que no era buena idea...!
Se agarrotó unos segundos y después se desmayó.
- ¿¿Está bien??
Wallace comprobó sus constantes y suspiró aliviado.
- Vive. El veneno retrocede... ¿qué pasa aquí?- preguntó al observar el hombro de Corel.
- ¿Qué sucede?
- Esta curado....- la respondió apartando la pasta de hierbas y dejando vez a la luz la herida totalmente cicatrizada- ¿Cómo es posible? No... no entiendo nada...
- ¿Se ha curado?
- Eso parece... ¿pero como? Esto no tiene ni pies ni cabeza. Hace solo unos momentos la herida estaba ahí.
- ¿Puede ser magia?
- No lo sé... puede ser...
- ¡Higgins! ¡Seguro que ha sido Higgins!- afirmó la mujer al borde del llanto ahora debido a la emoción.
- ¿Y como se ha enterado de su estado? Además, ¿puede un mago curar a distancia?
- Higgins seguro que sí.

Tuvo una nueva visión. Ahora la batalla no había empezado. Se encontraban en la falda de una montaña. Abajo, en un valle, esperaba todo un ejercito, de nuevo trolls y demás seres. Y él, rodeado de Elfos, observa la escena. Se miró las manos nervioso. No eran las suyas. Se palpó el rostro, el cabello, las orejas. ¡No era él! Era un Elfo, un Elfo más. Un Hombre se abrió camino hasta llegar a él. Hizo una reverencia.
- Mis hombres se encuentran preparados para el ataque. ¿Qué hacemos?
- No ataquéis aún. Esperar a que sean ellos quienes den el primer golpe.- se oyó decir.
- Pero Gashbriel...
- Amigo...- le dijo apoyando su delicada mano en el hombro de aquel hombre.- esperar, por favor. El rey Tiaras no debe ser recordado como aquel que perdió la guerra de Sobihain. El enemigo no puede conquistar estas tierras.
- Pero...
- Tiaras, te lo pido, espera.
- De acuerdo. Informaré a mis hombres.
- Hazlo y ve tranquilo, la batalla es nuestra.
¿Era Gashbriel, Señor Elfo de las tierras del Norte? Higgins le había hablado de él. Pero no podía ser aquel Señor Elfo. ¿Y que era aquello de la guerra de Sobihain? No tenía noticia alguna acerca de tal conflicto.
- Señor, cuando lo indique...- le dijo otro Elfo.
- Ya habéis oído lo que he dicho a Tiaras, esperar a que ataquen ellos primero. Dejar que caigan con fuerza sobre nosotros, aguantaremos. Tenemos que dejar la fortaleza libre a Balandar y sus amigos. Solo entonces atacaremos.
- Esto que ves no es real, aún no.- le comunicó de nuevo aquella mujer aparecida ahora de la nada.- Pero lo será porque así está escrito por la mano del destino. Te muestro esto para que sepas los acontecimientos oscuros que esperan a este mundo. Mira de la copa.- se la mostró de nuevo.- Aún en este tiempo que es diferente al que te mostré antes esta vacía... llega a Lauriel, no lo olvides... lleva a tus compañeros contigo, no dejes que ni uno solo se pierda, no puedes permitirlo.
Se produjo un silencio en todo el lugar. El ejercito que ocupaba el valle parecía prepararse para el ataque.
- Tu cuerpo ya se encuentra totalmente repuesto. Os encontráis en el Bareen, corre, Corel, ve a Lauriel.

- Agua...- pidió.- Tengo sed... dadme agua.
Wallace lo acercó corriendo un pequeño vaso.
- Bebe...- le ofreció.
Tragó con rapidez y pidió más. Wallace le llenó el vaso y se lo dio de nuevo.
- ¿Corel? ¿Estas bien?- le preguntó Kira con la voz temblorosa.
- Estamos cruzando el Bareen, ¿no?- preguntó lentamente.
- Sí, ¿cómo lo sabes?
- Me lo han dicho... aquella dama Elfica.
- ¿De quién hablas?
- Déjalo, está delirando.
- Aquella dama... me mostró cosas horribles... guerra... muerte...
- ¿Qué dama?
- La dama Elfica... me mostró lo que va a suceder... una batalla... una unión entre Hombres y Elfos... Gashbriel estaba allí...
- ¿El Señor del Norte?- le preguntó extrañada Kira.
- Sí, él... pero yo era él.... -susurró perdiendo las fuerzas.
- Kira, déjalo descansar.
- La batalla de Sobihain... dentro de poco... el cáliz vacío.
Y calló en un profundo sueño. Kira lo observó entristecida.
- ¿Qué le pasa?
- Son delirios. No los hagas mucho caso. Solamente dejemos que duerma.
- ¿Y cuando estará bien?
- No lo sé. Esto se sale de todo lo que yo haya visto. Se ha curado milagrosamente... pero parece que su cuerpo no lo acepta... dejemos que se acostumbre.

La visión del puerto de Baras hizo que la emoción invadiese a los pequeños. Se encontraban a menos de diez minutos de sus costas y navegaban tranquilos mientras pequeñas embarcaciones los dejaban atrás, adentrándose mar adentro en busca de pesca. Desde el lugar en el que estaban el puerto parecía tres o cuatro veces más grande que el Watts, más fastuoso y cargado repleto de enormes barcazas. Oían a los pescaderos charlar en sus barcas mientras esperaban a las presas. Parecía que aquella estaba siendo una excelente temporada de pesca. Los marineros de la tralla saludaban a algunos de ellos, conocidos seguramente. Se respiraba una tranquilidad patente y reinaba el buen humor entre aquella gente. La tralla abordó en el puerto aproximadamente tres horas y media después de partir de Watts. Allí permanecería durante un periodo de tres meses, en espera de la llegada del frío e inminente invierno y partiría de nuevo en primavera, a inicios con cargamento con el que suministrar a las aldeas situadas en las costas del Bareen.
La embarcación pegó un pequeño bote al chocar contra la pedrosa pared del puerto. Los marineros se dispusieron después a echar el ancla y después algunos saltaron a suelo firme desde la tralla donde ataron las amarras. Tras esto se dispuso la pasarela y algunos de los viajeros abandonaron la embarcación. Wallace fue uno de los primeros buscando ayuda con la que poder desembarcar a Corel. Kira iba con él mientras Saulo, Talot y los niños permanecían cuidando al guerrero. Aún balbuceaba algo acerca de sus visiones pero no le dieron demasiada importancia, Wallace ya les había hablado acerca de ellas.
Una media hora después de llegar al puerto aparecieron el curandero y la mujer seguido por dos aldeanos. Se habían ofrecido a llevarlos hasta “el Potrillo feliz”, que según les dijeron no se encontraba muy lejos de allí pues no estaba en la misma ciudad de Barastur. Era una pequeña posada utilizada por multitud de mercaderes que utilizaban la carretera principal del reino y los sorprendía la noche.
- Sus precios no están mal y Janis y Morge, los dueños, son gente amable.- les informaron sus acompañantes.
- Yo creo que debo de irme ya.- les informó Wallace.
- ¿Ya? Quédese un poco más con nosotros.- le pidió Thomas y el anciano lo miró con ternura.
- No puedo, Watts no puede estar sin mi... imagínate... imagínate que a un niño como tú le pica una serpiente... ¿quién lo curaría?- le dijo con el tono más infantil que fue capaz de imitar.
El pequeño pareció dudar.
- Pero...
- No hay peros, he de irme.
- Ni siquiera le hemos pagado por sus servicios.- le comentó Kira.- Espere...
- No suelo aceptar dinero a cambio... dadle mejor ese dinero a estos amables hombres que se han ofrecido a llevaros hasta esa posada.
Los campesinos agradecieron tal gesto haciéndole una reverencia.
- Déjenos que le ayudemos a buscar un carruaje para volver a Watts.- se ofreció Kira.- No podemos dejarle irse así.
- De acuerdo.
- Talot, quédate con Edgard y Thomas. Cuida de Corel. Saulo, ¿vienes?
El nigromante no respondió, se limitó a seguirlos. Los niños se despidieron de Wallace en la distancia. El enano, ayudado por algunos de los marineros llevó al guerrero hasta la carreta donde lo taparon con algunas mantas.
- ¿Don... donde estamos?- le preguntó en uno de los momentos en los que recuperó la lucidez.
- No te preocupes, estamos en Baras, cuando veamos a Higgins... él sabrá que hacer.
- ¿Por qué? ¿Qué... pasa?
- Estas mal, Corel. La daga de Martuk...
- No, no me pasa nada. Creo que me siento mejor. Quiero levantarme, ayúdame.
El guerrero hizo un intento por levantarse y buscó en el aire el brazo del enano. Se sintió desfallecer.
- Tenemos que ir a Lauriel, la dama me lo pidió.- y dicho esto perdió de nuevo el conocimiento.
- ¿Lauriel? ¿Qué es Lauriel?- se preguntó Talot a si mismo.- ¿Qué dama?
- ¿Se va a recuperar?
- Claro que sí, Edgard. No te preocupes.

 



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