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Y al final, cuando todo termine y nadie quede, vendrá Muerte a despedirse del universo sin vida.
El Amor de la Muerte.
Este cuento no es como los otros, ni tampoco como el resto. Éste es un cuento que relata la historia entre la muerte y alguien, que fue capaz, no de vencerla, sino de otras proezas en conocimiento tan solo de él y ella.
Dicen que cuando la muerte viene a
encontrarte toma la forma de la
mujer más bella que hayas visto jamás.
-Sandman.
Transcurría el tiempo como siempre, un segundo tras otro, desgranando diente a diente las inmensas ruedas del reloj del universo, mientras el, sentado en una silla, aguardaba el momento más propicio para salir a dar una vuelta, justo cuando la tormenta hubiera amainado, pero mientras aún siguiera el ambiente húmedo, suave como un beso de la persona amada.
Se levantó, estirando la tela de sus pantalones de tela color beige, mirando como de pasada, que no tuvieran arrugas. Se puso su gabardina negra como la noche y tomó entre sus manos aquel su paraguas inseparable. Y tal como había decidido, abrió la puerta de su casa, y esta le vió salir, sin saber que sería la última vez que le viera, o por lo menos verle así.
Con paso tranquilo se dirigió al final de la calle principal, allí donde empezaban los callejones por los que le encantaba perderse, y pasar al lado de la iglesia nueva, y de aquella casa tan extraña que parecía sacada de un cuento de miedo especialmente para que solo el la viera. Sin demasiada prisa, torció una esquina, sin tiempo a reaccionar.
Algo frío y duro se hundió en su estómago, o eso le pareció sentir, mientras caía de espaldas al suelo sin emitir ni un solo gemido, ni una queja. Siempre había estado solo y ahora que sentía la caricia del metal en sus entrañas, pensó que no merecía la pena alarmar a nadie, tampoco sería una gran pérdida. Reflexionaba acerca de lo que sentía, con los ojos cerrados bajo aquella farola amarillenta situada a varios metros por encima suyo. Solo lo captó como si fuera un leve movimiento por encima suyo y entreabrió los ojos, mientras con una mano en la herida, sentía la sangre correr despacio pero inexorablemente.
Pudo apreciar una silueta femenina, vestida completamente de negro, con un sombrero muy simpático y una sonrisa como un sol en sus labios. Y aquella figura, encorvada sobre el, le miraba con cara curiosa.
-Qué haces ahí tirado?...
Se sorprendió a sí mismo respondiendo con toda sinceridad y tranquilidad:
-Pues supongo que morir desangrado, porqué lo preguntas?...
-Porque solo veo un hilillo de sangre y ningún cuchillo clavado, solo por eso...
Se atrevió a introducir los dedos por el agujero de la camisa y notó un escozor, pero nada que ver con el tremendo corte que se había imaginado que tendría. Se incorporó lentamente, mientras no terminaba muy bien de creer lo que le había sucedido. Y mientras pensaba, le interrumpió una voz dulce como la brisa.
-Ya te dabas por muerto?...
-Pues tal vez sí, total, nadie me hubiera echado de menos...
-Eso es lo que tu crees.
-Bueno, mis padres murieron hace ya tiempo, y no tengo amigos, solo conocidos...
-Bueno...- respondió la voz, que por un momento pareció mirar hacia otro lado, muy lejos, más allá del borde del puente que cruzaba el río.
-Aunque sospecho, que acabo de conocer a alguien, no?...
-Digamos que sí.- Dijo ella volviendo a sonreír como si nunca se hubiera quedado seria.
-Y el nombre de la dueña de esa sonrisa de sol es?...
-Mimi...
-Mimi...- dijo el, en un tono pensativo, ligeramente interrogativo, pues aquel nombre le sonaba de algo.
-Sí ese es mi nombre, no te gusta?...
-Sí mucho, es muy bonito, de veras.
-Gracias...
-De nada.
Se quedaron ambos quietos, mirándose largo rato, como si el tiempo se hubiera detenido, nadie sabe que pensaba ella, pero el no pensaba en absoluto, solo miraba aquellos ojos, de los cuales se había quedado prendado y hubiera seguido así hasta el fin de los tiempos, si ella no se hubiera movido, como ligeramente sonrojada.
-Y no me vas a invitar a pasear?...
-Como desees- dijo el, conteniendo sus ansias de decir un desesperado “sí!”.
Mimi se cogió de su brazo y empezaron a caminar lentamente junto al río.
-Dime, - comenzó a preguntar ella – como es que no dices nada?
-Bueno, no tengo costumbre de pasear acompañado durante la noche, y menos acompañado de una mujer tan hermosa.
-No será para tanto, tengo una piel muy blanca y el pelo todo despeinado; las mujeres bonitas se arreglan y son más morenas.
-Bueno yo no me refería al aspecto general, sinó a tu sonrisa y a tus ojos.- Tal vez solo el lo notase, pero pudo darse cuenta del aumento de temperatura de sus mejillas al decir aquello.
Estuvieron paseando aún un buen trecho, sin decirse apenas nada, cruzando tan solo breves sonrisas y guiños de ojo, mientras ambos pensaban quien sabe qué.
El amanecer llegó, a su hora prevista, bañando la ciudad y el río en un mar de color, encontrándoles sentados en un banco, dormitando ambos, ella estirada en el regazo de el.
Muy lentamente, entreabrió los ojos, y notó como el sol incidía en su cara, acariciándole de una manera que creyó diferente al resto de su vida. Justo entonces notó un movimiento en su vientre, alguien o algo se acababa de girar. Tan despacio como fue capaz, tratando de quitar de su mente el sueño que había tenido aquella noche. Pero no había sido un sueño, sino un paseo bien real junto a una Dama que en aquellos momentos estaba estirada en su regazo, completamente dormida. Trató de recordar su nombre para llamarla, pero no le hizo falta, éste acudió a sus labios, como si hubiera estado aguardando la ocasión desde hacía mucho, mucho tiempo.
-Mimi...es de día...- dijo con la voz más dulce que pudo modular.
-Lo sé, pero estoy muy a gusto aquí, dejamé dormir un poco más, porfavor...
Asintió con la cabeza, mientras posaba una mano sobre la mejilla de Mimi, y la acariciaba lentamente.
Trató de recordad como había llegado a aquella situación, en tan solo unas horas había pasado de su habitual tristeza, a no sentir otra cosa que no fuera lo que le rodeaba, el viento en su rostro, los rayos de sol calentándole y sobre todo, una respiración ajena a la suya, completamente dormida en su regazo.
Había notado en Mimi una tremenda falta de cariño, de caricias, de sinceridad hacia ella misma. O tal vez se lo había inventado todo, pero el caso es que no pudo reprimirse mucho tiempo, y mientras hablaban, fue conduciendo la conversa hacia la vida de Mimi. Aunque lo único que consiguió fue que le respondiera entre sonrisas que era La Muerte que había venido por un día a ver que tal iba todo por allí.
Terminaron hablando de mil cosas distintas hasta llegar al banco, y ya cansados, se sentaron mientras miraban las estrellas y ella le comenzaba a explicar cosas sobre las constelaciones y las estrellas. Tras un rato, Mimi le miró y le preguntó:
-Te molestaría si me acuesto en tu regazo?...
-Molestarme? Porqué?-
-Soy una desconocida que te pide si puede dormitar un poco sobre tus piernas, es raro, no?
-Lo es, pero un algo me dice que nos conocemos mucho mejor de lo que pueda llegar a creer ahora mismo.
-Entonces puedo?...
-Por supuesto.
Dobló su chaqueta con cuidado para que pudiera apoyar la cabeza y una vez estuvo recostada, instintivamente reposó su mano en su cintura y sin saber muy bien como, oyó una vocecilla que enseguida identificó como la de Mimi, diciéndole bajito:
-Gracias...-
continuará...
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