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No hay izquierda o derecha, no hay blanco o negro, hay muchos caminos y matices de colores y algunos se ven en esta historia medieval, pero no todos...
Siempre estaba arrodillado, siempre. Ya fuera por devoción demostrada a su señor o por devoción demostrada a sus creencias. Pero fuera como fuere, siempre estaba con la rodilla hincada en tierra. Al comenzar todo esto, él estaba de rodillas, delante de la imagen de la Sagrada Señora, rezando para que le diera fuerzas pues el rey le había mandado llamar de nuevo, y eso le preocupaba. Él era muy fiel a su señor, muy pero, que muy fiel pero... Había que admitirlo, el rey no era una persona muy... sensata a la hora de mandar a sus caballeros a cumplir misiones. La última misión, por llamarla de alguna manera, había sido escoltar a su hijo el príncipe desde los puertos hasta el castillo, lo cual sería más o menos razonable si el rey no hubiera mandado a todos, absolutamente todos sus caballeros para hacer ese servicio de escolta real. Es un poco ridículo, además de sobrecargado, ver a trescientos caballeros del rey custodiando al príncipe y más sabiendo todos en el reino que el rey odiaba al príncipe tanto como el joven príncipe odiaba al rey. Pero bueno, a él no le importaban las excentricidades de la realeza... A él le importaba su honor y sus misiones y la principal era servir al rey y eso haría. Cuando ya pensó que la Señora había escuchado sus plegarias para obtener por una vez una misión de honor y normal, el caballero se levantó mientras recogía su espada del suelo. Al estar ya de pie, puso su brillante espada en su funda y se colocó bien su armadura.
El pasillo que separaba la capilla del salón del trono era estrecho y húmedo, parecía más el pasadizo de unas catacumbas antiguas. En algunos de sus trechos él tenía que caminar con dificultad y de lado, rozando su armadura pesada por las paredes húmedas y frías. A veces él se preguntaba por qué aquella zona se diferenciaba tanto del resto del castillo... Pero no era tiempo para divagar. Era tiempo para ver a su rey y para recibir una misión que con un poco de ayuda de dios sería una misión de verdad.
-Por fin llegas, ya era tiempo –el rey hablaba siempre desde su trono, jamás se levantaba de él, muchos pensaban que hasta comía y dormía ahí, lo cual era obvio una exageración pero...
-Mi señor, ¿me llamasteís a vuestra presencia? –jamás miraba al rey a la cara, eso parecía molestarle, así que se fue arrodillando e forma elegante y mirando al piso, mientras hablaba.
-Basta de lisonjas, Sir Albert, os tengo una misión de vital importancia para la Corona y para la Iglesia.
-Os escucho, Majestad –el caballero no mostraba emoción alguna pero en su interior sonreía, pues se avecinaba una misión gloriosa, en su mente ya se veía cumpliéndola.
-Sir Albert, estuve hablando con el Arzobispo y por lo visto sois un caballero de honor y un fiel siervo devoto de la Iglesia –El caballero sonreía de forma tenue ante las palabras de su señor.
-Me halagáis en exceso, Su Alteza.
-No lo creo... Bien, mejor voy al grano. Sir Albert, he pensado enviaros al frente de un grupo a Las Cruzadas...
-¿¿¡¡Las Cruzadas!!?? –El Santo Grial... Fue lo que se le pasó por la mente de forma instantánea al caballero.
-Si, a Las Cruzadas. Mis consejeros han seleccionado un preparado y fuerte grupo de honorables caballeros de maravillosa reputación y quiero que vos los lidereís en esta empresa... Para gloria de la Corona y sobretodo de La Iglesia. ¿¿Aceptaís, mi lord??
El caballero no tardó en contestar y un Si voló por sus labios antes de que su cerebro pudiera siquiera pensar en eso. El rey le ordenó levantarse, le dio las gracias muy a su modo y el caballero, después de una reverencia mayúscula a su señor, se marchó a dar con Sir Bation.
Sir Bation era un caballero de ahora raída armadura y desaliñado porte que había caído en el olvido, aunque en su día fue uno de los más grandes y honorables caballeros y uno de los que más renombre le dio a su orden de caballería, ahora solo era un viejo amargado que vivía de los viejos días y de entrenar a nuevos caballeros. El rey también lo había puesto a cargo de preparar las misiones de los caballeros por eso el joven caballero lo tenía que visitar para poder saber más de su misión. Tampoco le disgustaba tener que ver a Sir Bation de nuevo pues el anciano caballero había sido su mentor y podía decir que este último le enseñó todo lo que sabía de la caballería y el arte de la guerra.
El camino hacía las estancias de los reclutas era muy simple, solo bajar desde el piso del salón del trono hasta las caballerizas y un poco más alejado de estas, estaban los barracones donde jóvenes escuderos se preparaban para ser caballeros de pleno derecho después de haber servido a su vez a otros caballeros como aprendizaje. Al llegar Sir Albert vio al viejo caballero, a grito pelado, instigando a acelerar la marcha a los pobres escuderos bajo su entrenamiento, unas palabras pasaron rápidamente por la cabeza del caballero: “Os compadezco, chicos, sé lo que es eso”. Pero no tenía tiempo para divagar, así que se acercó a Sir Bation y lo interrumpió.
-A pesar de que os veo ocupado, mi lord... ¿puedo osar interrumpiros? –dijo Sir Albert mientras se acercaba al viejo caballero y le hacía una reverencia que olía a burla.
-Albert, jovencito, que gusto me da verte –el anciano caballero de oxidada armadura se lanzó a los brazos de su pupilo y le dio un paternal abrazo –Creo que sé a lo que vienes, has hablado con el Rey, ¿verdad?
-Por supuesto, Sir Bation, hablé con el Rey y me comentó. ¿Es cierto que lideraré un grupo de selectos caballeros para ir a Las Cruzadas?
-Ja, ja, ja... Tú no estás pensando en Las Cruzadas, chico, sino en el Santo Grial, has sentido atracción por la Sagrada Copa de Cristo desde que te conozco y créeme, de eso hace ya muchos años.
-Si –dijo de forma apagada el caballero sin poder evitar bajar la cabeza y que le apareciera cierto rubor en las mejillas –He soñado con traer el Cáliz Sagrado desde tierra infiel desde que era un mozalbete. Pero... ¿Es cierto que podré?
-Por supuesto, jovencito, tendrás un grupo de caballeros, entre los que se encuentran hombres de tanto renombre como Sir Arthur, Sir Armand, Sir Espegol... Hombres valientes y honorables que te obedecerán en todo. Tendrás una lista de deberes en tierra infiel, entre los que están combatir a los moros infieles en su propia tierra y recuperar reliquias sagradas cristianas, el Grial siempre está entre ellas, de hecho, encabeza la lista.
-¡¡Maravilloso!! –Al caballero se le iluminaban los ojos al hablar, muestra de la felicidad de su corazón –Podré hacer el bien a donde vaya, pelear por mi honor, por la corona y por Cristo y también podré traer su Sagrado Cáliz de vuelta con los cristianos. Y encima tendré a grandes y poderosos caballeros, no puedo ser más dichoso.
-Cierto, cierto, te conozco lo suficiente para saber que es así. Ahora, Albert, solo tienes que reunirte con los caballeros que estarán bajo tus órdenes en la salida de la ciudad, ya todo está preparado, así que monta tu caballo y vete con ellos. La ruta y todo, todo está listo para tu gloriosa misión.
El joven caballero le hizo una reverencia a Sir Bation pero esta vez sin aquel deje de burla de la última y cuando se empezaba a alejar en dirección a las caballerizas, el viejo lo llamó:
-Y procura matar muchos infieles en tu misión, eso complacerá al Rey y a Cristo, después de todo, son solo animales que no siguen a un dios verdadero.
Sir Albert asentó con la cabeza y se fue. Al llegar a las caballerizas solo tuvo que preparar a su caballo y montarlo, para dirigirse al encuentro de sus hombres. Sus hombres, que grandes le sonaban esas palabras, eran como un eco enorme de algo. Un eco de algo que lo hacía sentirse grande a él también, hasta eso se notaba a su paso por la ciudad donde su barbilla estaba más alta de lo que había estado nunca en toda su vida. Hasta el trotar de su caballo era hermoso, elegante y muy altivo, como si supiera de alguna forma que ahora podía sentirse orgulloso de ser la montura de ese hombre. A pesar de que el trote de su orgulloso corcel era muy pausado, no tardó en llegar al encuentro de los hombres que lo esperaban para que los guiase. Algunos le eran del todo desconocidos pero otros eran muy familiares para él, como el anteriormente citado Sir Arthur o Sir Gabriel. Era una imagen maravillosa para él, el ver a tantos caballeros y escuderos, corceles y armas, todos y todo en una misma zona y todo para él. Los caballeros le empezaron a saludar y a presentarse.
Después de un rato de que los caballeros que le eran desconocidos se presentaran y los que eran sus compañeros habituales le saludaran, estos empezaron a presentar también a sus escuderos, todos diciendo los magníficos futuros caballeros que serían. Entonces Sir Albert cayó en la cuenta de que no tenía escudero, casi se ruboriza hasta que apareció un jovencito de piel muy morena y pelo negro desordenado, este se acercó al caballero.
-¿Vos sois Sir Albert, no es cierto? –dijo el muchacho.
-Si, yo soy Sir Albert, ¿Y tú quién eres?
-Mi nombre es Amad, soy vuestro escudero y guía –dijo el muchacho con una sonrisa en los labios.
-¿Escudero y guía? ¿Tú vas a ser nuestro guía, jovencito? ¿Cómo es eso posible? –al caballero tal cosa le parecía improbable. El niño para escudero estaba bien pero no para guía, era demasiado joven, ¿Cómo podía saber un niño cual era el camino correcto si a lo mejor nunca había salido de las faldas de su madre?
-Oh, Sir Albert, miradlo, el niño nos guiará porque es de esas tierras. Él pertenecía a tierra infiel, pero no os preocupeís, es de confianza. Es uno de los pocos moros de confianza –dijo Sir Peter, mientras le pasaba la mano por el pelo al jovencito hasta despeinarlo.
-Ah, claro, bueno, está bien. Es un placer conocerte, joven Amad.
-El placer es mío, mi lord. Mejor comenzamos ya la marcha, señor, si os parece bien. Nos queda un largo camino por delante –el joven hablaba con timidez, aunque también había gran respeto y algo de miedo en su tono de voz.
-Si, bueno, si tú lo crees conveniente, comencemos con la marcha.
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