El encuentro I |
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20-05-2008 16:47
Por: manheor
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/991672/ |
A “Ella”, mi único amor en éste y otros mundos...
Las cuatro de la madrugada. Dean miró la hora en el salpicadero, sin creerla del todo, y giró el volante para tomar la curva que doblaba hacia la izquierda por el estrecho sendero en una suave pendiente. ¿Cuántas horas llevaba conduciendo? ¿seis? ¿siete ¿más aún? No lo sabía, no recordaba nada desde la salida de la N-657, cuando, sin motivo aparente, se saltó la desviación que lo llevaba hacia Salt-Lake —hacia casa— dio otra vuelta a la glorieta y tomó una carretera comarcal sin fijarse en las indicaciones. No quería saber a dónde iba, sólo eso estaba claro en el manto de turbio cansancio que lo envolvía, como si su cerebro estuviera perdido tras un mar de gasas y algodones.
Las sombras entrelazadas de los abetos que flanqueaban la carretera resbalaban sobre el cristal, sumergiendo el interior del coche en un oscilante vaivén de luces y sombras. Dean se pasó los dedos por los ojos, manteniendo el pie derecho hundido sobre el acelerador, e intentó desembotar el puzzle de emociones que abotargaba su pensamiento. No lo consiguió. Miró sin ver los amplios conos de luz que los faros de su coche cortaban en la oscuridad, como porciones de un queso espectral, y se dejó invadir por el dolor, por los recuerdos. Un rostro se dibujó, definido, en la vorágine confusa que lo invadía. El rostro de Melanie, emborronado tras la mascarilla de plástico que lo ceñía.
Habían pasado tres meses... Dean sonrió sin alegría, una curva estrecha y fina en sus labios que sus ojos acuosos desmentían. Habían pasado tres meses... Dejó de sujetar el volante con la mano derecha, estiró el antebrazo hasta palpar con los dedos la manija de la guantera, la abrió y comenzó a rebuscar en su interior. Sus dedos acariciaron una textura metálica y punzante (su manojo de llaves), una superficie acolchada y mullida (la cubierta de la carpetilla con los documentos del seguro) y luego, a la izquierda, la textura suave y seca de un papel fino. La tomó en su mano y la acercó a su nariz. Allí estaba, tenue y desvaído, el olor de sus labios.
La sala de espera de la U.V.I. estaba a rebosar aquella noche y Dean sentía cada grito, cada roce de pasos apurados por el linóleo, cada tos asmática a su lado, cada empujón en el vientre de aquellos que se sentaban apresuradamente, apretujándose en el banco... Los sentía con un escalofrío, como si una tiza rayara la pizarra de sus nervios a cada instante, cada vez más fuerte.
Dean suspiró, se sacó el paquete de tabaco de la pechera, extrajo un cigarillo y lo golpeó dos veces contra la tapa plegable de la cajeta; una costumbre. Se quedó mirándolo, con el índice y el pulgar dibujando una O bajo su nariz. Lanzó un fugaz vistazo al pilar de hormigón pintado de un aséptico verde moqueta que tenía enfrente. Un cigarrillo grueso y negro, tachado en rojo y apresado en un círculo. Arrugó la nariz y partió el cigarro en dos. Una lluvia marrón le cayó sobre el regazo de los pantalones. Levantó una ceja, escuchando a Melanie reír en su cerebro: “Oh, Dean, eres tan... ¿tú?”, aunque Dean sabía que no lo preguntaba. También sabía que Melanie no le estaba susurrando, era su cabeza, pero le gustaba creerlo... “¡Anda que sí!”, contestó de nuevo la Melanie imaginaria. “Pero ya sabías qué ibas a hacer antes de coger el cigarrillo.” Dean sonrió sin mover los labios y pensó, mientras empujaba el tabaco, con la palma extendida, de su pernera a la otra mano, que quizás sí. No, seguro, claro que sabía qué iba a hacer antes de tocar la puñetera cajetilla.
La puerta de la 267 se abrió, justo en frente de la de Melanie y a unos ocho metros de la sala de espera, del mismo lado en el que Dean esperaba en el banco a que le dieran permiso para ver a su mujer; la habitación de Susan y su pequeña niña Alice. Un escalofrío recorrió su espalda.
Una silueta esquelética emergió bajo las sombras de la habitación a oscuras, tan sólo iluminada por la luz de la cabecera de la cama y aquel puto botón naranja de la pared; “el botón del pánico”, pensó Dean: “púlselo cuando crea que puede perder el partido”. Pero allí todos perdían, tarde o temprano. El juego no era limpio; estaba amañado, baby, no había nada que hacer. Dean amagó un saludo mientras miraba aquella silueta, Susan la ex-luchadora recientemente ascendida al último puesto del ránking oncológico: alma errabunda.
El suéter amarillito y los pantalones de lona gris, agujereados en el trasero aunque Susan probablemente no se diera cuenta de nada, se le antojaban a Dean el pijama de un concentracionario, la dejadez urdida por mil noches de pastillas e insomnio; una mortaja. Susan ya estaba fiambre de cintura para arriba, aunque podría tardar veinte años en darse cuenta. Pasó de largo y Dean pudo ver sus ojos, ojos bulbosos, saltones. “Ojos de pescado muerto”. El escalofrío clavó sus garras otra vez, como el amigo al que nadie ha invitado pero que por nada del mundo se perderá la fiesta. “Ese podrías ser tú, Dean”, decía el amigo palizas, con su voz de serie B, “ese podrías ser tú”. “Sí”, pensó. “Pero no llegaremos a tanto, ¿verdad?”. El colega se rió sin humor, quebrando estalactitas punzantes en sus neuronas. “Todo llegará, Dean, todo llegará”.
Pudo entrar en la habitación de Melanie a la una de la madrugada, justo cuando una enfermera salía con una bolsa de plástico maloliente. Dean no olvidó las líneas arrugadas de la enfermera sobre la tela turquesa de la mascarilla.
La habían limpiado y le habían vuelto a rapar la cabeza. Su cráneo reflejaba la luz aséptica y sin matices del tubo fluorescente situado sobre la cabecera de la cama. Parecía un huevo cocido, con la cáscara reblandecida, y la imagen evocada hizo que Dean quisiera arrancarse la lengua con las manos.
Melanie tenía los párpados entrecerrados, pero sus ojos no se movían, así que si dormía, no dormía profundamente. “Tanto tiempo entre médicos al fin sirve para algo”, pensó Dean y esbozó esa sonrisa sin alegría que se había convertido en un hábito. Acercó el ligero taburete de aluminio a un lateral de la cama, apagó la luz fosforescente y tomó la mano de su mujer entre la suyas, acariciándole con el pulgar la piel surcada de gruesas venas. Un recuerdo trivial, apenas un retal de su pasado juntos, emergió con una intensidad que le cortó el aliento.
La mano de Melanie se posaba entre las suyas justo como en aquel momento, pero estaban a la luz del día, en el campo, pasando una jornada de descanso al aire libre. Las servilletas y los platos de plástico formaban pequeñas pirámides sobre el mantel a cuadros rojos y una legión de hormigas comenzaba a desfilar entre los restos, cargando como esclavos egipcios (una comparación muy de Melanie) los pequeños tesoros que habían hallado. Dean sostuvo la mano de su mujer por un instante, admirando la perfección de su cutis y también las primeras manchas de la edad, tenues lunares en su belleza lozana de treintañera. Levantó la vista y la miró. Estaba sonriendo, como siempre. Su cabello rojizo flameaba en el viento en pequeños y juguetones rizos y sus ojos verdes relucían con el reflejo de la intensa luz del mediodía. Una pequeña peca amarilla en la comisura de sus labios llamó la atención de Dean. Suavemente, se inclinó sobre el rostro de Melanie y deslizó su lengua por aquella peca. Era mostaza...
Dean dejó escapar un susurro ahogado de sus labios. El recuerdo se desvaneció. Melanie no despertaba... Enjugándose las lágrimas de las mejillas, cerró por un momento los ojos y se concentró en el tacto de aquella mano, grabando cada línea, cada detalle...
-Te vas a quedar dormido...
Abrió los ojos con un respingo. Melanie lo miraba con una sonrisa delgada que se extendía en arrugas por todo su rostro, desde la comisuras de los labios hasta su cuero cabelludo.
(huevo cocido...)
Dean se estremeció y encendió la luz con un gesto trémulo. Melanie le atrapó la mano y se la intentó apretar con fuerza; parecía un gorrión intentando abrazar una montaña. Su sonrisa se ensanchó.
-Ya sé que no me sienta bien este peinado, hombre, -dijo Melanie, esbozando una tenue sonrisa-, pero tampoco es para...
-¡MELANIE!
No quería gritarle, de hecho, era la última jodida cosa que quería hacer, pero no podía evitarlo, no podía soportar que ella supiera cómo... bueno cómo la veía ahora. No podía permitirse de que dudara que la seguía amand...
-Sé que me quieres, Dean, pero ya sabes cómo me gusta andar tocándolas y manoseándolas -se rió con un sofoco ahogado-. Pero admítelo, me queda mejor rizado.
Esta vez, los dos se echaron a reír.
Dean se pasó la siguiente media hora escuchándole cómo había pasado el día. Melanie era muy buena contando historias, las historias era su especialidad, y convertía cada descarga de quimioterapia en un combate con un dragón, cada cambio de pañal en una ayuda de sus fieles escuderas, las de las mascarillas, cada visita del doctor Forrester, en una sala de guerra, en el que su oficial más experto le informaba de cómo iba la batalla ese día, de hasta qué punto las líneas enemigas habían menoscabado sus defensas.
-No vamos ganando -dijo Melanie sin borrar el brillo risueño de sus iris esmeralda-. Pero le he dicho a maese Forrester que tal vez accedan a firmar las tablas, no creo que quieran llegar hasta el lecho de la reina, ¿verdad, Dean? O debería decir hasta sus bragas. Me han dicho que es una preciosidad.
Pero Dean notaba que, día a día, los silencios entre explicación y explicación eran más prolongados, silencios en los que Melanie se quedaba con la expresión congelada en sus facciones, la boca entreabierta y la mirada en el infinito. Dean a menudo tenía que limpiar los hilos de saliva que resbalaban por su barbilla antes de que volviera en sí y secarse luego las lágrimas...
Melanie parpadeó lentamente, mirando a su alrededor con asombro, como un náufrago que de pronto despertara entre las sábanas limpias de un camarote después de tantas noches sufriendo la intemperie. Dos gruesas lágrimas sin tristeza recorrieron sus mejillas. Dean cogió otra servilleta de la mesilla al pie de la cama y enjugó las huellas húmedas; Melanie aún sonreía, radiante.
-¿Me he vuelto a marchar, verdad? -Dean detectó el timbre del pánico disimulado en la voz de Melanie, su Mel. Le partió el corazón-. Cada vez me pasa más a menudo, y luego lloro como una idiota por tener los ojos tan abiertos. Pero es que es tan hermoso, Dean, ¿lo sabes, no?
Dean asintió, absorto, viendo cómo los labios de Melanie se movían pero sin escuchar ni una palabra, como en una película muda.
(era mostaza...)
-Dean, tengo que decirte algo...
(mostaza...)
-¡Dean!
Dean volvió a la realidad y sonrió con su mueca triste, apretando un poco más fuerte la palma de Melanie, notando sus frágiles falanges, huesecillos de pollo.
-Parece que tú también te has ido de excursión, ¿no? -frunció los labios. Parecía una niña disgustada con sus trenzas; “Mami me las ata con lazitos, pero es taaaan cursi”-. Pero no me extraña, no es que sea muy divertida esta habitación -y la sonrisa se evaporó sólo un instante de sus labios, para volver a renacer como la floración acelerada de un documental-. Pero te estaba hablando de ellos, Dean, son tan, tan hermosos...
Un aguijonazo frío penetró la columna de Dean con un espasmo eléctrico. “¿Ellos?” Oh dios, que no se haya vuelto loca, por favor que no se haya vuelto... Melanie le clavó la uña en la palma de la mano.
-Señor Archer -los ojos de Melanie brillaron con algo parecido a la furia. Oh sí, estaba furiosa. Y asustada-, preste atención. Y no, no me he vuelto loca.
Un leve sonrojo (¿vergüenza?, ¿furia, tal vez?) tiñó las mejillas macilentas y agudas de Melanie. Dean pensó en el color de su cabello aquella tarde de picnic. Consiguió sonreír sin convicción.
-Ya lo sé, Mel -contestó pensando “ojala fuera cierto”-. Cuéntame.
Mel le sostuvo la mirada por unos instantes, con un brillo de miedo en los ojos, el brillo de un animal acorralado. “Sabe que no la creo”, pensó Dean. “Pero cómo voy a creerla”.
(¿Ellos?)
El aguijonazo volvió a estremecerlo. Melanie se volvió y dejó de mirarle, apuntando los ojos al resplandor del tubo fluorescente. Su voz se hizo monocorde, átona, sin alegría fingida, como la voz robótica de una mala película de serie B.
-Está bien, te lo contaré.
El Dr. Forrester bostezó sin molestarse en disimularlo cubriéndose con la mano. Dean lo miró con ansiedad mientras se sentaba tras su escritorio, se sacaba las gafas de montura metálica, limpiaba las lentes con parsimonia y las alzaba a la luz. Arrugó el ceño con desagrado.
-Hay días que no se limpian... -musitó-. Bueno, Dean, cuéntame. Sé por lo que estás pasando pero hoy era mi primer día libre en tres meses muy jodidos, y perdona que sea tan brusco, pero es que quiero saber qué es tan importante para no poder esperar once horas.
Bolsas fláccidas y carnosas colgaban de los párpados de Forrester, aumentadas por el cristal de las lentes. “Se está haciendo viejo”, pensó Dean. “Papá no podría creerlo. ¿El bueno de Forrester con patas de gallo? Imposible...” Forrester le sonrió con comprensión, adivinando sus pensamientos.
-Sí, el jodido de tu padre se reiría de mí si pudiera verme ahora. Se reiría tanto que se le caerían los dientes.
Dean sonrió con franqueza y se maravilló de poder hacerlo. Forrester amplió aún más la media luna de sus labios, pero pronto perdió la sonrisa y miró a Dean con seriedad. Arrugas de preocupación surcaban su frente como un fuelle gastado.
-Cuéntame -dijo Forrester, disparando una mirada penetrante por encima de sus lentes cuadradas-, ¿qué ha ocurrido?.
Dean comenzó vacilante, pero pronto lo soltó todo sin detenerse a respirar, como un corredor de maratón que aún tuviera fuerzas para sprintar los últimos y agónicos cien metros de una carrera angustiosa. Forrester, no lo interrumpió, aunque sus dedos presionaban cada vez más compulsivamente el muelle de un bolígrafo que reposaba sobre su escritorio y sobre el que sus dedos se habían aferrado inconscientemente. Dean le contó todo lo que Melanie le había descrito, hasta el último detalle. Las criaturas luminosas que la habían visitado hacía un mes, la beatífica aureola de paz que emanaba de sus cuerpos inmateriales, un aura de curación y bienestar y la fantástica ciudad espacial en la que vivían, un paisaje de ensueño poblado de torres, patios con balaustre e inimaginables palacios de murallas festoneadas de relieves orgánicos que se alzaban por encima de la atmósfera encarnada de su planeta, acechando a las estrellas.
Dean le contó también lo último que le había dicho Melanie, tomándolo de ambas manos con una fuerza inesperada, antes de caer en un sopor repentino: “Vas a ir allí, Dean, vas a conocerlos. Pero yo”, y un velo de tristeza cubrió sus ojos al continuar, “yo no podré estar allí contigo. Lástima, querría estar allí contigo, Dean, querría...” Y, de pronto, se quedó con la boca entreabierta y la mirada extraviada, como tantas veces y lentamente, cerró los párpados y se durmió. Dean apretó la servilleta húmeda entre sus dedos y se la guardó en el bolsillo de los tejanos. Luego tomó el móvil del bolsillo y telefoneó a Forrester a su domicilio, sabiendo que habría apagado el móvil en su día libre.
-Y así lo hice -le confesó Forrester sonriendo de nuevo, aunque de manera más tenue. Dean se acercó al borde de la silla y se inclinó hacia delante. Las palmas de sus manos entrelazadas estaban pegajosas y frías. Forrester inhaló profundamente antes de hablar-. Dean, me... temo que las cosas no van bien, no voy a mentirte. No creo que vayan nada bien. -Dean sintió que su estómago, sus intestinos y riñones, su páncreas y su hígado, incluso su corazón, se habían volatilizado. Era un tronco hueco y carcomido por las termitas-. Sospecho que el tumor de Melanie ha crecido y está presionando la médula espinal.
(Un tronco carcomido, un saco de carne muerta)
-No quiero precipitarme...
(Carcomido, muerto)
-Pero me temo que podemos estar cerca de un...
(Muerto, oh dios, Melanie...)
-Desenlace...
El chirrido del teléfono interrumpió la voz del doctor como el tajo seco de una guillotina. Una luz roja brillaba y parpadeaba sobre la carcasa, como el ojo de un diablo. Brillaba y parpadeaba. Forrester rodeó el escritorio, descolgó el auricular y tras un “diga” escuchó en silencio. Miró dos veces por encima del hombro hacia Dean y se cubrió los labios con la palma de la mano, mientras se esforzaba en girar sobre sí mismo, como una peonza gruesa, inquieto porque Dean, que era logopeda, pudiera ver lo que estaba diciendo. Sus hombros se alzaron un instante, como si esperaran una respuesta y luego se hundieron. Se quitó las gafas, las miró a contraluz, las dejó caer sobre el escritorio y se aferró a él con fuerza, sus nudillos pálidos como metal al rojo blanco. Cuando se volvió Dean vio una capa húmeda brillando en sus ojos, los ojos de un verdugo cuando sueña...
Los dígitos pasaban cansinamente:
8...........................................7...............................................6
Dean se obligó a apartar los ojos del led luminoso. La mano de Forrester le apretó el hombro. Dean no se atrevió a mirarlo. Estaba seguro de que, en aquel instante, si lo miraba, si veía detrás de aquella cara bonachona -que en un pasado remoto lo había alzado en brazos en el jardín de su casa mientras decía: “¿Cómo hace el avión, chaval, cómo?” y él respondía, con los brazos en cruz suspendidos como alas pálidas y pecosas: BRRRRR- la más mínima muestra de piedad, lo golpearía, lo golpearía sin parar. Lo mataría.
Un chasquido lo hizo encogerse como un perro maltratado. Una chiquilla de unos doce años, con un escote absurdo en su camiseta grotesca en la que se leía “Chupa esto si puedes”, mascaba chicle con desgana. Su lengua salía y entraba entre las hilachas de goma rosada. Salía y entraba, salía y entraba... Dean se bamboleó y sintió que la bilis le subía a la garganta. Iba a vomitar allí mismo, delante de la niñata que mascaba chicle iba a vomitar y Melanie. Forrester le aferró con las dos manos; seguramente su rostro era de escayola. No importaba. No quería que lo tocara. “¡No quiero nada, a la mierda, A LA MIERDA CON TODO! Cuánto tarda en bajar este puto ascensor...” Sin apenas darse cuenta, Dean comenzó a llorar.
Melanie, la chica de la peca amarilla, la esposa traviesa que le cambiaba el agua caliente cuando se duchaba y salía corriendo medio desnuda por el pasillo, desternillándose, estaba en coma.
Dean volvió al presente, muy lentamente, sintiendo resbalar los terrones de tierra tenebrosa entre sus dedos; subiendo, subiendo, sin ver la luz. Sus manos recobraron el tacto poco a poco, sintiendo el acolchado del volante. Sus ojos parecieron despertar, tras años viviendo en la oscuridad de una caverna. El runrún del motor llegaba a sus oídos como las voces de sus padres a través de los tabiques, ahogados jadeos y gritos de placer discreto en las tardes de domingo. En su nariz y su lengua sólo existía el acre de la mostaza.
Las faros de xenón cortaban conos de luz en la oscuridad, iluminando la masa de abetos en una amalgama de manos putrefactas, cubiertas por un musgo pálido y luminiscente. El frufú de su roce contra el cristal susurraba una salmodia maníaca de crujidos crepitantes: “ya es como nosotros, ya es como nosotros, ya es como nosotros, YA ES COMO NOSOTROS”. El corazón de Dean se volvió una piedra de hielo. “Sí”, pensó, “es cierto. Ya es como vosotros.” Y fue en ese instante cuando supo que no podría soportarlo.
Cambió a una marcha más larga. Aferró sus manos al volante. Ante él se extendía un gran ojo verde y gris, engastado en una cuenca oscura. Pisó el acelerador a fondo.
La aguja del cuentakilómetros dejó atrás los cientoveinte.
“Melanie, yo.... Aquel día fue... Mostaza y tu cuerpo sobre la hierba”.
Los cientocincuenta.
“Una carcasa fría. Una marioneta sin hilos... Un vegetal... No puedo.”
Los cientosetenta.
“Me voy, cariño, me voy. Me voy a buscarte...”
Al fondo de la carretera, una curva en orquilla emergió de las tinieblas. David soltó las manos del volante, miró cómo el ojo verde y gris se retorcía sobre sí como un gusano grotesco y se dejó llevar. Cerró por fin los ojos. Ya no oía nada. Sólo la risa de Melanie, corriendo medio desnuda por el pasillo.
Agitó las manos con violencia, arañando a un enemigo invisible. Su garganta se irritaba y sus cuerdas vocales eran un chicle carnoso apunto de desgarrarse. Nadie oía su voz. Ni siquiera él mismo. Dean estaba solo, perdido, en la oscuridad. Era el invierno de su octavo cumpleaños; no, el noveno. Era el noveno.
La tarde había comenzado mal para Dean. Odiaba las excursiones extraescolares. Le costaba conectar desde siempre con los otros chicos y las excursiones eran un recreo que duraba todo un día; una bendición para el resto de chavales y un suplicio para Dean, que al menos en sus diez minutos entre clases siempre podía encerrarse en la biblioteca. Aquella vez había sido la peor.
Michael Willis, un niño que pasaba demasiado tiempo solo en casa -su padre trabajaba en la carretera y su madre, según se rumoreaba, era una golfa, fuera lo que fuese eso- se había empeñado en repetir que Dean Aswold todavía se meaba en la cama y que su madre era una zorra, una zorra que husmeaba los meos de Dean a kilómetros, encantada de limpiarlos. Aunque ni Michael Willis ni ninguno de sus compañeros (incluido Dean) sabía lo que eso significaba, Dean se sintió abochornado. Sus mejillas ardían como manzanas maduras y el sudor comenzó a correrle por las nalgas, irritándole el esfínter. Siempre le pasaba eso cuando se ponía muy nervioso. Y lo odiaba. Lo peor es que llevaba pantalón blanco...
Michael Willis se encaramó sobre su asiento y señaló la gran mancha húmeda que comenzaba a extenderse por el trasero de Dean.
-Mirarlo, mirarlo todos ¿Veis lo que yo os decía?
Y todos lo veían. Oh, sí. Todos.
El viaje pasó lento, como lentas fueron las burlas, las bolitas de papel y los klinex voladores llenos de mocos de un verde amarronado; Dean las apartaba de un manotazo cuando caían sobre él. Una bola especialmente pegajosa -y seguramente repugante- se le pegó en el flequillo y tuvo que tirar y tirar hasta que se le saltaron las lágrimas mientras escuchaba las chirriantes risas infantiles, un coro de eunucos diabólicos que cantaba: “Dean el meón, Dean el meón, ¿dónde está tu madre para olerte el calzón?” Y luego se desternillaban de risa. Un par de reprimendas desganadas de Mith Arrow, “Michy Michelín”, como lo llamaban con malicia sus alumnos de sexto curso, acallaba la insoportable letanía durante unos segundos. Pero era como intentar ponerle una tirita a un agujero de bala. Cada palabra se desangraba en sus oídos, una aguja de plata perforando su tímpano y penetrando en el cerebro. Siguió llorando hasta que los ojos le escocieron, hirvientes como un volcán, un dolor hiriente que se mezclaba con la agonía de las burlas en un suplicio insoportable. Y el diablo parecía reírse desde sus dominios, con los brazos abrasados abrazando su panza rojiza y cubierta de vetas grises, cenizas humanas. “Oh, Billy, y todavía no has visto lo peor, ¡óyeme bien TODAVÍA no has visto lo PEOR!”
Anne Barforld, una niña de coletas rubias a la que Dean siempre lanzaba tímidas y fugaces miradas desde su pupitre, se levantó del asiento, con sus coletas ondulando como la serpientes doradas y miró a Dean con coquetería, de pie en el estrecho pasillo central, atrayendo su mirada mientras se subía lentamente el repulgo de su falda. Su fea y desagradable amiga, Berta Snickles, que parecía el cruce desgraciado entre una mofeta maloliente -olía a verdura hervida y a estiércol, su padre era agricultor y el viento solía soplar del granero hacia la casa- y una rata desollada -una gran mancha cutánea, de color carmesí, le pintaba una media luna sobre el rostro- se reía maléficamente sin alegría. Pero Dean sólo tenía ojos para esos muslos, agarrándose a su deliciosa blancura como un marino a la regala en medio de una tempestad. Y los ojos de Anne, dos grandes gemas azules perfiladas por largas y onduladas pestañas, lo miraban fijamente, sin malicia. Sonreían. Dean también sonrió.
En ese mismo instante, cuando los labios de Dean se curvaban en una sonrisa de gratitud, Ed Bubraker, un mozuelo de mandíbula cuadrada y ojillos de ratón, destapó un botellín justo sobre el respaldo del asiento en el que Dean se recostaba, con el rostro vuelto hacia el pasillo. El ¡pop! del tapón al desenroscarse de la boquilla hizo que Dean dejara de mirar la piel lechosa de Anne Barforld y volviera sus ojos hacia arriba. Antes de que algo caliente y apestoso embadurnara sus retinas Dean pudo ver cómo una cascada amarilla se precipitaba sobre sus ojos.
Una gruesa rama de roble lo hizo trastabillar y caer. Las rodillas se le desollaron al roce con las zarzas y que tupían la espesura. Se sentó, apoyándose contra el tronco hueco del árbol desvencijado y se inclinó hacia delante, arrancando un puñado de hierba alta y escupiendo sobre él. El escozor era un ruido blanco en el cerebro, un zumbar de abejas eléctricas que vibraban en cada centímetro de su ser. Se echó a llorar, con los ojos vueltos al cielo, una masa gris, veteada de algodón oscuro y sombras retorcidas. No había una sola hoja en las ramas. Ni una sola hoja. Sin saber por qué esto le importaba tanto, Dean se echó a llorar, con el olor de la orina aún impregnando su ropa.
Pero lo peor era aquella risa, Dean aún la oía en sus oídos, una y otra vez; la risa cristalina y encantadora de Anne, que se doblaba sobre sí misma, con las manos cruzadas en el vientre y el vientre encogido contra las rodillas. Dean no necesitó más de un segundo para comprender lo que había pasado. Y no era el olor a pis -pis que seguramente llevaba el apellido Willis, pis que decía: “Jódete Damford, tú tendrás un padre pero yo me meo en tu cara, LO OYES, en tu cara”- lo que le estrujaba el corazón como el exprimidor de mamá, ese que tenía manivela y parecía una ducha metálica, no lo que le JODÍA, y sí, al diablo, esa era la palabra, era la traición de Anne, era el haber sido tan estúpido, era el haber caído en la trampa de confiar.
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