La Dinastía Azgor: El último reino


Relatos de Fantasía

19-05-2008 13:35
Por: lupin66

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/991579/

Segunda parte de la saga. Ha transcurrido un mes de la caída del Rey Hangard II, el dos veces maldito. La promesa que su asesino le hizo al mundo poco a poco va cobrando forma.


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Los gritos, el polvo, los estruendos... aquello era horrible. Farnag, la capital del último reino libre de aquel continente, estaba sumida en el caos. De los catorce reinos que se habían repartido todas las tierras, aquél era el único que aún no había sido conquistado por aquella ola de maldad que arrasaba todo por donde pasaba. El palacio de Farnag, el más fortificado conocido, cuyas defensas jamás habían caído, estaba atestado de miles de ciudadanos y de refugiados. El rey Górgran se encontraba desesperado y abatido. Si se ponía a pensar en aquella maldita guerra, se volvía loco.

Trece dinastías habían sido arrasadas, empezando por la familia de los Azgor, la maldita familia de los Azgor, de la que, según los rumores, procedía aquella maldad. El terrible destino de todos sus miembros no desagraviaba ni por asomo la condena a la que les habían sentenciado. Otras trece ciudades ya no eran más que polvo y cenizas. Cientos de campos devastados por el fuego. Miles, decenas de miles de muertos se agolpaban entre las ruinas, o flotaban en ciénagas y en lagos, pudriéndose a merced de los elementos. Ejércitos destrozados se agolpaban en los restos de las defensas que habían intentado proteger. El terror se había expandido por doquier como la niebla, sin encontrar ningún impedimento que lo frenase. Y aquel silencio absoluto, que ni el viento se atrevía a perturbar, era peor que la muerte.

Górgran golpeó el vaso mandándolo contra la pared, donde se estrelló. Saltaron mil pedazos manchando de vino la alfombra. Pasando la mano por su pelo se acercó al ventanal desde donde se divisaba toda su ciudad. Sobre una colina alejada de la vista de Górgran, la figura torneada de un joven rubio detuvo su montura, un insomne caballo tan oscuro como el aura que se desprendía de su jinete.

"Ya queda poco"

-¿Dónde me has traído? –Preguntó el joven rubio a aquella voz que surgía desde su interior como un eco.

"Esto es Farnag, el último reducto humano en miles de millas alrededor."

-No puedo seguir haciéndolo, por favor...

"Error: sí puedes; que no quieras me trae sin cuidado. Da la orden"

-No.

"¡Hazlo! O lo haré yo..."

Jacker, temiendo su ira, alzó el brazo con el puño cerrado.

-Matadlos a todos.

La mano se abrió y, como si liberaran las riendas de una bestia, su ejército invisible penetró en la ciudad.

"Ya queda poco."

Una lágrima cruzó el rostro del joven.

Górgran se giró colérico ante la intromisión del capellán.

-¡Estamos en guerra! ¿Qué demonios quieres?

-Quieren hablar con vos, mi señor. Dice que sabe cómo parar esto.

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Górgran dudó, volvió rápidamente la vista hacia su ciudad; una marea invisible apagaba fuegos, gritos y vidas, con lentitud, pero sin detenerse.

-Hazle pasar.

Un hombre envuelto en telas rojas y con los ojos vendados penetró en la habitación. Era tan solo un anciano que caminaba apoyándose en un bastón. Al entrar se inclinó levemente en señal de respeto. Górgran lo observaba ansioso.

-¿Quién eres tú, anciano, para que conozcas la forma de destruir a ese monstruo? Desde los tiempos de Savger no hemos visto una catástrofe igual.

-Yo soy Nessius Hyde.

El monarca parpadeó, escrutándolo.

-¿El alquimista de Asgar?

El hombre asintió.

-Asgar ya sólo es un montón de piedras.

-Conozco el destino de los Azgor, al igual que el de todo este maldito mundo que se va al cuerno. Habla rápido.

-Milord... yo estudiaba el pasado del nigromante Savger, y emprendí, hace ya muchos años, la búsqueda de su poder.

Górgran le observaba atento. Al oír el nombre del endiablado hechicero frunció el ceño.

-¿Con qué oscuros fines?

-Estar preparados si ocurría de nuevo algo semejante. Como sabéis, cuando Savger murió prometió regresar un día.

-Conozco la leyenda.

-Es historia, no leyenda, buen rey.

-¿Entonces averiguasteis algo? ¿Qué podemos hacer contra esta criatura?

-Me temo que mis investigaciones han provocado esta catástrofe. Esa criatura que vosotros señaláis es mi aprendiz Jacker. Activó un artefacto que era una trampa, y dicho artefacto liberó el espíritu de Savger, que ahora es uno junto con el de mi pobre aprendiz. Górgran se apoyó en la mesa, observando incrédulo a aquel frágil viejo.

-¿Me queréis decir que es el propio Savger?

-No del todo –negó el alquimista-. Su poder todavía no es el que era y aún no puede hacerse corpóreo y depende de Jacker, como un vil parasito. No estoy seguro de hasta qué punto tiene control sobre él.

El ánimo del rey se resquebrajó.

-Habéis dicho que sabíais cómo detenerle. ¿Es cierto?

El alquimista asintió con gesto serio.

-Pero conlleva un gran sacrificio.

-Creo que no tenemos opción, anciano. Habla.

-Hay que combatir el mal con el mal. En el pico del esclavista, en Asgar, hay una gruta que ha ocultado una secta de nigromantes durante siglos, una rama del linaje de los propios Azgor.

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-¿Cómo es posible?

-Ahora eso no importa. Ordenad que alguien vaya a buscarle.

-Pero...

-No, milord –le interrumpió negando el alquimista que adivinaba los pensamientos del monarca-. Para nosotros no queda esperanza, pero algunos puede que sobrevivan y, si no hacemos nada, el final de este mundo es la condena de toda nuestra raza: sólo el silencio habitará los páramos yermos.

El rey observó un momento los ventanales; ya estaban cerca. Se giró hacia el guardia que, escuchando la conversación, había tornado su rostro pálido como la cera.

-Llevad a las mujeres y niños por los pasos subterráneos hasta el puerto, ponedles rumbo a las islas Sazinas; su monarca les acogerá. Llévate a mi mujer también y que venga mi hijo. Ahora.

El soldado salió por la puerta, veloz.

-Habéis hecho bien –dijo Nessius.

El rey, abatido, acarició la piedra de la pared con gesto triste.

-No tengo elección. Hyde, decidme una cosa... ¿Cómo es que Savger no os mató?

El alquimista llevó sus manos hacia el vendaje de su rostro y lentamente lo deshizo. Alzó la cabeza para observar al rey, pero sus ojos estaban quemados y sólo quedaban las marcas negras del fuego. Górgran frunció el ceño.

-Quiso que “viese” el fin de la humanidad como regalo por liberarle.

Górgran iba a responder cuando entró, de golpe, un joven vestido para la guerra con cueros blandos, carcaj al hombro y espada al cinto. Ocultaba su rostro bajo una capucha y cuando llegó ante el rey lo abrazó. Éste lo estrechó entre sus brazos.

-Tranquilízate. Tengo una misión para ti.

El joven se separó observándole y asintiendo.

-Coge el caballo más veloz y resistente. Tienes que ir a Asgar, al corazón de este desastre. Busca una gruta en el pico del orador y convence a quien allí encuentres de que tiene que destruir a esta criatura que para entonces ya habrá arrasado todos los reinos. Completa esta misión que te pido, hijo mío, pues será la última que recibas de mí. Cuando todo esto vuelva a la normalidad... ocupa mi trono.

Un silencio invadió la sala. El joven parecía dudar, pero al final asintió de nuevo.

Górgran observó al alquimista y luego miró a su hijo.

-Llevarás a este anciano contigo. Él conoce el origen de este mal y puede que te ayude.

Nessius, asombrado, dio un paso adelante.

-Pero yo no...

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-Lo harás. Considéralo tu pago como redención frente a todo el mal que has provocado.

Hyde inclinó la cabeza, asumiéndolo.

-Adiós, hijo mío. Recuerda que mi amor siempre estará contigo. Partid ahora, os queda poco tiempo.



Las puertas del trono estallaron llevándose por delante a dos soldados. El resto se enfrentó a aquel hombre rubio que Nessius había llamado Jacker. Era joven, sí, pero en su rostro no había una sola gota de inocencia, sino que estaba colmado por la sombra del mal. El susodicho sencillamente envolvió a los soldados en llamas que surgieron de sí mismos.

Silencio.

-Buenos días, mi señor Górgran.

El rey, que empuñaba su espada de pie, en medio de la sala, se irguió con las pocas gotas que le restaban de altivez, venciendo por poco al miedo que atenazaba cada fibra de su cuerpo.

-No sois bienvenido.

-Oh... Sois audaz –sonrió aquel monstruo-. Vuestra hermana suplicó como una perra antes de que la matase. Era una mujer bonita.

Los nudillos de Górgran quedaron blancos por la fuerza que ejercía sobre la empuñadura de su arma.

-Sois un monstruo. ¡Estáis loco!

Jacker, o Savger, o quien fuese aquel hombre, sonrió.

-Puede que sí, pero ¿quién no lo está hoy día? Al menos un poco.

-Prácticamente has aniquilado cada vida en cientos de millas alrededor.

-Miles... de millas –puntualizó el otro, divertido.

-Puede que hayas vencido, pero gobernarás un mundo muerto, sin vida ni nadie que te rinda pleitesía.

Savger desenvainó su enorme espada.

-Tienes razón.

Górgran por un momento se vio incrédulo.

-Pero verás... se te olvida... que soy nigromante...

Ahora el rey sí que palideció, blanco como el armiño de su capa.

-Veo que lo has comprendido. Gobernaré un mundo donde los muertos caminen, más perfectos que los hombres; no tienen hambre, no tienen sed, no sienten dolor ni placer, no pueden morir. Y así yo regiré desde mi trono oscuro hasta el fin de los tiempos.

La espada de Górgran comenzó a temblar y cayó al suelo. El rey observó su pecho, donde la espada del joven rubio había penetrado. Sabía que su corazón ya no latía. Fue sólo un segundo en que notó que su sangre le helaba por dentro, luego murió.

"Por fin el mundo se ha rendido a mis pies."

 

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