La gran cagada |
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14-05-2008 17:47
Por: Darthz
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/991544/ |
Había hombres muy respetables y señoras de muy mala fama; niños traviesos y otros algo más tímidos...
Había hombres muy respetables y señoras de muy mala fama; niños traviesos y otros algo más tímidos, algunos que no sabían qué hacer y otros que, rebeldes, buscaban cualquier excusa para escupir a los rostros de sus compañeros; había ancianos, pensativos y sentados, otros de pie y hablando solos, como locos o avergonzados por lo que sus experimentados ojos contemplaban, y algunos, sólo algunos, observaban en derredor con una mueca, sonrisa quizá, en el rostro lleno de arrugas, carcomido por el tiempo; había mujeres jóvenes, más cercanas a los veinte años que a los treinta, agachadas y desnudas, intentando ocultar algunas partes de sus tempranos y hermosos cuerpos, pues siempre quedaba alguna al descubierto, para vergüenza de ellas y para contento de otros hombres que, gustosos, sacaban las lenguas como perros y gritaban con primitivo absurdo, también meneando sus miembros que, al igual que los de las féminas, habían amanecido aquella mañana sin prenda alguna que los ocultasen; había señores y señoras de mediana edad, callados y con el terror infundido en el rostro y en la mirada, pensando que tal vez sus hijos o sus hijas podrían estar en su misma situación, en aquella situación de desvergüenza total que era, al fin y al cabo, el pulso irracional del tiempo.
Aquella mañana todos habían despertado desnudos, encerrados dentro de unas jaulas lo suficientemente grandes para que sus cuerpos cupiesen, pero tan pequeñas como para que sintiesen la opresiva atmósfera de la esclavitud. Eran pequeñas parcelas cuadradas, metálicas y repletas de barrotes; y se extendían a lo largo de interminables e inmensos caminos albos, una tras otra, en hileras que se pegaban por no menos de cincuenta centímetros. Cuando digo todos, me refiero a la humanidad entera. Sí, todas las personas que, cualquier día insignificante del mundo, dieron a luz en algún remoto lugar del planeta. Todos ellos aparecían ahora por aquí y por allá, desperdigados como animales en un laboratorio de pruebas, un gran, enorme e interminable laboratorio que parecía estar en medio de ninguna parte, entre un cielo blanco pálido, como el brillo de una luz intensa que jamás se apaga. Al principio todos sintieron un pequeño dolor de cabeza, una terrible sensación de mareo que los precipitó al sueño o al directo desmayo; al tiempo, cuando ya sus conciencias habían regresado, se hallaban metidos en aquellas jaulas donde, como perros, parecían asistir a su primer día en la perrera, lo cual causó tremendo dolor en algunos, desgracia en otros, y desconcierto en la mayoría.
Imagínense allí a toda la humanidad metida, durante largos e interminables caminos que nunca bifurcan o se tuercen, simplemente apilados en interminables filas que reposan sobre un suelo blanco e impoluto, casi etéreo, pero sin vistas a ninguna otra parte. Si aquello era el cielo, el decorado que habían elegido era absolutamente pobre y aburrido. Lo incierto de insólitos casos como éste es que nunca se sabe cómo van a reaccionar determinadas personas, pues puede pensar el lector la de hombres que allí, encerrados, sentirían ese miedo que tienen algunos desde que nacen por los espacios sin salida o diminutos; o puede también predestinar la cantidad de locos, tarados que habrían ido a parar a tal lugar, además de, por supuesto, muchos hombres cuerdos que acabarían también volviéndose completamente majaretas.
No es difícil adivinar la de cosas que ocurrirían allí, pero difícil o imposible sería enumerarlas. Pero sí que ha de saber el lector que nunca, bajo ninguna circunstancia, alguna jaula se abrió, o se rompió o se hizo trizas. El encargado y responsable de todo aquel asunto se hubo asegurado muy bien de cómo saldría todo aquello para que no existiese la probabilidad de que en algún momento del día, por culpa de una nimiedad, se pudiese ir todo al infierno y el plan tan genialmente trazado se desmoronase.
Por ejemplo, el caso de un hombre negro llamó imperiosamente mi atención cuando aún no habían pasado las primeras horas de la mañana. Resultó que en aquel tramo de jaulas, donde permanecían al igual hombres y niños que mujeres o ancianos, un hombre negro, de entre tantos otros que también -cercanos o algo más lejos (poco importa)- habían aparecido allí al alba, comenzó una pelea que no acabó precisamente en susto. Una muchacha, quizá menor, de labios gruesos y ojos claros, cara impecable y lisa, piel morena y cuerpo de curvas pronunciadas; tan delgada como escuálida, se percató de que el hombre, aquel hombre negro que estaba al lado de su jaula, la miraba sin reparo alguno de arriba abajo. Él estaba sentado, ella de pie; y las primeras palabras que salieron de los labios del hombre negro fueron: “Ven aquí, furcia, vamos a entretenernos un rato”. Por supuesto que la joven no hizo ademán alguno por aceptar su proposición, e incluso asumió que la mejor forma de frenar su calentón sería haciendo caso omiso, ignorándolo y mirando hacia otros lados. No fue así, y al rato el hombre comenzó a ponerse furioso, gritando y formando un escándalo, aunque poco importase pues la trifulca general estaba asegurada desde el primer momento. Cuando la muchacha ya, cansada, se levantó y se acercó hacia los barrotes del otro extremo de la jaula para protestarle y quizá conseguir que se templase, el hombre, sin mediar palabra alguna, se abalanzó también contra su otro extremo y la cogió de un brazo extendiendo su derecho con velocidad.
Enseguida el terror se apoderó de la jovencita, pero el hombre negro poco caso pareció prestar a aquellos labios cerrados y temblorosos, o a los brazos que se pusieron enseguida a forcejear, ni al llanto que, muy pronto, salió despedido de sus ojos y su garganta con furia incontrolada. La muchacha gritaba y se movía desesperadamente, intentando zafarse de su opresor, y no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo algún que otro anciano, niño, o muchacho que, de cerca, podían vislumbrar la escena. Todos estaban desnudos, así que pueden imaginarse de qué manera estaba empinado el miembro del hombre negro, y de qué otra manera pretendía huir aquella joven mujer que, si nadie ponía freno a aquello, sería violada en cualquier momento.
Lo que ocurrió a continuación fue tan deleznable como violento, pues tales cosas pueden suceder cuando dos personas, más si no comparten el mismo deseo, se enfrentan en un espacio de hostilidad e incomprensión. El hombre negro comenzó a penetrar a la muchacha que lloraba rendida casi en el suelo, en cuclillas, amenazada y amordazada por los enormes músculos de su raptor; gemía entre lágrimas y chillidos, emitiendo sonidos tan roncos como de repente suaves y desafinados. Cualquier persona que hubiese escuchado aquellos ruidos de cerca hubiese pensado que el mismo diablo acababa de poseer a aquella joven. Y tal vez lo hizo, pues en un arrebato de histeria, en el que casi hizo caer a su violador al suelo y con el que se consiguió desprender fácilmente, se dio la vuelta y de un bocado le arrancó la mitad del miembro que luego escupió entre los barrotes con los ojos desencajados y una risa frenética, casi loca. Los chorretones de sangre no fueron comparables a los gritos de dolor del hombre negro, que, durante horas, no hizo más que sollozar en el suelo de su cárcel como un niño.
Al cabo de algunas horas sucedió algo totalmente inesperado, cuando, afuera de las jaulas, comenzaron a llegar perros, gatos, leones, serpientes, moscas, y todo tipo de bichos que en la naturaleza el hombre antes conociera. Todos los animales que antes habían habitado el planeta Tierra, ahora se movían a sus anchas también por aquel infinito espacio blanco e inmenso. Claro que muchos hombres y mujeres comenzaron a morir, y niños que se acercaban a acariciar un cocodrilo que casualmente había caído cerca de sus jaulas acababan sin brazos o piernas, e incluso completamente devorados.
Este día, sin duda alguna, muchos pensaron que tenía que ser el Día del Juicio Final, el Apocalipsis o un banquete que el diablo había planeado desde el principio de los tiempos. Topos, ardillas y otros animales menos ofensivos se colaban al tiempo que salían de las jaulas de cualquier persona, gracias al tamaño de sus pequeños cuerpos que les permitían cruzar los barrotes irrompibles. Pero otros, en cambio, sólo asistían, absortos, desde fuera, mientras los presos se removían intentando encontrar la esquina donde estuvieran a salvos. Lo cierto es que muchos animales, entre tanto frenesí y confusión, acabaron por, sencillamente, no hacer nada, o simplemente por moverse de un lado a otro, sin dirección ni sentido algunos. También hubo batallas entre humanos y animales, de cualquier tipo; hombres locos o aún cuerdos que atravesaban sus jaulas hacia la nada, con los brazos o las piernas, en busca del cuello de algún gato o pollo con el que incluso luego se hacían un improvisado manjar; mujeres que, aterradas, aplastaban avispas con los pies ensangrentados mientras sus sexos eran lamidos por mamíferos de todas clases; y ancianos también que, tan débiles ya, sólo podían cerrar los ojos y dejar que el mundo siguiera su curso, más caótico tal vez que nunca.
La atmósfera era, si no igual, quizá muy parecida a la que realmente antes en la tierra habitaba. Había gritos y llantos, risas e histeria, golpes y canciones tarareadas, músicas que en aquel opresivo lugar parecían ser las últimas notas del concierto de un loco horrible, sublime y excelso. A esta música, por supuesto, se le sumaron también todos los cantos, aullidos, graznidos y cualquier tipo de sonido que los animales pudiesen hacer sonar con sus órganos. Había animales de tierra al igual que de agua, y también aves que no cesaron desde que aparecieron con sus vuelos rodeando a toda la humanidad esclavizada.
Lo único que faltaba en aquella especie de cielo eran, sin duda, las cosas. No había nada, excepto los cuerpos desnudos de todos los seres vivos que por la tierra antes gobernasen al paso. No había mesas, ni sillas, ni casas, ni maderas, ni cigarros, ni flautas ni instrumentos ni árboles ni ninguna otra cosa que pueda el lector imaginar; tan sólo, obviamente, los barrotes que los encerraban. Ni siquiera había tatuajes en los cuerpos de los que, antaño, en sus insignificantes vidas, se grabaron a fuego en un brazo o incluso en la nalga; todos estaban completamente desnudos, como el día en que nacieron.
Después de largo tiempo entre caos y desconcierto, donde abundó de todo y las personas, como animales, actuaron igual o incluso peor que aquéllos que estaban fuera de las jaulas, una figura omnipotente y tan poderosa que desde el primero hasta el último de la humanidad lo vio nada más aparecer, pues llegó de todos lados y de ninguno en concreto, como el sol o cualquier astro que se mueve lejos de nuestro planeta, apareció por debajo de todas las jaulas con una sonrisa en el rostro; sí, sin duda alguna, aquello era un rostro, y todos comprendieron que quizá esa figura se trataba de Dios, si no era (pues toda aquella macabra encerrona no podía ser obra del ser que todos tomaban por salvador y rey de los cielos) el diablo camuflado, siempre mentiroso.
Algunos ni siquiera pensaron en qué o quién sería, simplemente se dedicaron a dejar cualquier cosa que estuvieran haciendo, y contemplaron su grandeza. Incluso los animales, los más fieros y los menos agresivos, irracionales tanto o igual como sus semejantes con razón, se pararon a mirar hacia abajo, donde aquel enorme y etéreo rostro comenzó a formarse con el curso de los minutos, como una bruma, como una ensoñación terrible pero, también, deliciosamente indescriptible.
Nadie, ningún ser que pudiese haber hablado en aquella horrible humanidad esclavizada, podría dar clara cuenta de lo que vio, pero sin duda supieron que fue algo muy grande, muy bello, muy hermoso, y tan confuso como, a la vez, cierto.
Fue entonces cuando ocurrió la catástrofe, o quizá sea tan digno o bello como el rostro que a muchos se les grabó para siempre en la mente, y más un milagro que una desgracia. Sea como fuere, toda la gente, toda la humanidad que allí permanecía encerrada, enclaustrada entre terribles delirios y gestos indescriptibles, como si se hubiesen puesto de acuerdo desde el último hasta el primero, empezaron a hacer lo que luego se conocería como “la gran cagada”.
Fue algo que surgió de improvisto, nadie lo sugirió, nadie lo previó, nadie quiso hacerlo pero, sin embargo, todos, sin excepción, acometieron con aquella apestosa odisea. De repente, entonces, tan desnudos como estaban, a través del poco espacio que los barrotes les permitían para enseñar sus miembros, todos los que podían levantarse o quedaban aún vivos, empezaron a defecar. Y no fue poco lo que, aquella noche (¿o día?) cayó.
Puede hacerse una idea en la cabeza, o mejor no: no puede, de la horrible y denigrante situación en la que durante aquellos interminables minutos se infestó la sociedad entera; cayeron goterones marrones y sólidos de tanto peso como el de un melón, otros que no eran más que tropezones, semejantes a alubias o garbanzos; y otros líquidos se deslizaron desde las jaulas hacia el abismo del que, desde abajo, surgía aquel rostro limpio y entonces sucio y asqueroso. La humanidad entera cagaba encima de Dios. Y aquel día o noche, desde luego, todos se sintieron aterradoramente vacíos.
Todos los hombres y mujeres y niños y ancianos se posicionaron como animales, algunos con los ojos cerrados y otros manteniéndolos bien abiertos; muchos se taparon la nariz, aunque puede imaginar el lector que el efecto hostil e incluso mortal que aquel olor generó tuvo que ser tan impresionante como imparable.
El mundo entero, de cuclillas, rezaba a su Dios desde la esclavitud.
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