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Éste es un ejercicio de policial que en un principio iba a presentar para concurso, pero después cobró vida propia y se alargó, así que bon apetit.
1.
Elías estaba enloqueciendo.
Dos meses antes de que lo enviaran a la vieja estación de control de aquel pueblo bautizado como República de Marruecos tuvo la certeza de que así ocurriría, pero no hizo nada más que cuadrarse ante su oficial superior con el acostumbrado: Señor, sí, señor y tragarse su angustia.
Bueno, después de todo, no todo era tan malo, pues se le presentaba la oportunidad de dejar una buena cantidad de cuentas impagadas, y además, dado que era el Gobierno quien lo llamaba a servicio en tierras extranjeras, no tendría que hacerse cargo de la manutención de Samuel, su último hijo. Siempre acostumbraba dejar hijos en todas partes, llevaba sus nombres en una libreta y elegía uno por mes para enviarle algún dinero, pues con su sueldo como guardia civil no le alcanzaba para más. Decía que así, cuando fuera viejo, y sobre todo, rico, al menos tendría tipos a los cuales escribirles o invitar a salir de copas, sin temor de que a la salida lo apuñalaran por la espalda, o le robaran dejándole inconsciente en la mesa de algún bar. Por último, en sus años de vejez, donde no se suele encontrar sentido a muchas cosas, al menos podría pasar el tiempo inventando disculpas.
El problema con la estación de control de República de Marruecos era que no había más personal que él; el segundo, que no podía salir de la estación. La orden al respecto era perentoria. Por lo demás, no había que preocuparse por la comida, pues un camión de reparto pasaba puntualmente a dejarle provisiones todos los días viernes, durante las mañanas. El tercer problema era la comunicación: no había internet, ni siquiera un maldito teléfono y el computador apenas tenía para entretenerse un solitario y un Carta Blanca. Su único contacto con el exterior era la radio de la estación. Los periódicos no llegaban. Además, Nueva Marruecos era un pueblo demasiado tranquilo, nunca pasaba nada, al punto que no había más cuerpo policial que el de bomberos, ya que, como habían pasado meses desde el último incendio, cumplían una doble función, apoyados por si acaso por la Junta de Vecinos, que por su parte actuaba como registro civil y juzgado de turno, cuando alguien decidía casarse.
Ni siquiera había gente en la calle. La verdad, las personas sólo salían de sus casas para hacer sus compras y siempre lo hacían a la carrera, como si le temieran a algo, o a alguien.
El aburrimiento era el mayor problema. Y en su soledad, parado cada mañana frente a la ventana de su oficina, mirando la escasa actividad en la calle, Elías llegaba a retorcer sus puños de rabia, o desesperación, quién sabe. Además, como no fumaba, ni bebía, tampoco le quedaba alguno de estos consuelos. A veces el tedio, transformado con el paso de los días en tristeza, le hacía sentir deseos de llorar, cosa que le sorprendía, a él, un hombre fuerte, seguro de sí mismo, que pocas veces había llorado por algo, o por alguien. Esto aumentaba cuando algún pueblerino, las pocas veces que alguien pasaba frente a su ventana, lo reconocía, ahí en su puesto, y Elías levantaba una mano y sonreía, pero a cambio no obtenía nada, cosa que le dolía. Había noches en que se desquitaba pateando hasta cansarse la vieja caja fuerte que había en el sótano de la estación. Nunca quiso preguntar qué había dentro, ni le interesaba.
Pero todo cambió cuando ocurrió un asesinato.
Lo supo no por la radio, sino por la conversación de un par de vecinas, de sombrero y tapadas hasta el cuello, que acaso se habían parado a discutir el asunto cerca de la estación ex profeso para que Elías escuchara y quedara el tanto, tal vez en un gesto instintivo por recurrir a alguien, aunque fuera a un extraño como él.
Elías, que se había dejado crecer la barba, se bañó —llevaba días sin hacerlo—, se afeitó, desempolvó el uniforme de reserva que tenía en el armario, revisó su revólver, que aceitaba una vez a la semana, por simple rutina, y se dirigió al lugar del suceso. A pie. Aquella caminata le pareció un regalo del cielo, y mientras disfrutaba de esa mañana de sol casi primaveral, haciendo sinceros esfuerzos para no sonreír a las pocas personas que veía y saludaba, las cuales se apartaban temerosas como si él representara algún peligro para ellas, iba pensando en la orden que le habían dado de que bajo ningún motivo, pasara lo que pasara, abandonara la estación de control. Al final se conformó pensando en que podría justificar su desobediencia dado lo grave e inusitado de la situación, pues de lo que sabía, nunca había ocurrido un asesinato en Nueva Marruecos, pues era tan tranquila como una foto.
2.
-Gustavo Ronaldo, cincuenta y seis años -dijo el señor Martínez, capitán del Cuerpo de Bomberos de Marruecos y, asimismo, jefe honorario del Cuerpo Policial. Era un hombre de contextura recia, cabello cano y tenía una edad similar al difunto-. Vivía solo y no se le reconocen parientes ni amistades. No hay señales de violencia ni nadie forzó la cerradura, por lo que sería posible presumir que el señor Ronaldo tal vez conocía al agresor. Por lo que se aprecia a simple vista, creemos que murió durante la noche, aunque la autopsia del señor Sánchez deberá confirmarlo.
Miró a Elías y, seguido, al señor Sánchez, uno de los tres médicos que vivían en Nueva Marruecos, aunque según los datos que Elías manejaba, él era el encargado de certificar las defunciones, cuando las había. Casi siempre se trataba de paros cardíacos o neumonías; el único caso más o menos extraordinario se debió a una muerte por intoxicación con alimentos, un año atrás. En Nueva Marruecos casi no había niños, y dado que era un pueblo nortino, la mayor parte de los jóvenes emigraban a las ciudades en busca de mejores oportunidades.
-Lo estrangularon -dijo Elías luego de retirar la sábana con la que el doctor Sánchez había cubierto el cadáver.
El señor Ronaldo yacía despatarrado sobre su Bergere, los brazos caídos a los lados y la cabeza inclinada hacia su derecha. Era rubio y vestía con una bata árabe, tal vez una galabeia de finas sedas. Tenía los ojos entreabiertos y su lengua, algo azulada, asomaba en la boca a medio abrir. Un hilo de baba reseco le colgaba de la comisura de los labios.
Elías se agachó y, dado que el señor Ronaldo usaba bigote, tuvo que esforzarse un tanto para descubrir mucosa en las narices, con lo que terminó de comprobar que la muerte se había debido a la asfixia. Después, le levantó despacio el mentón y la marca amoratada que le vio en el cuello, señal de un cable o algo parecido, sólo le sirvió como evidencia visual. Se volvió al señor Martínez.
-¿Sabe usted quién encontró el cuerpo?
Martínez negó con la cabeza.
-Alguien dejó una nota en el cuartel durante la noche, por debajo de la puerta. El cuartelero sólo reparó en ella hoy por la mañana, cuando se disponía a sacar las máquinas a la calle, para lavarlas.
-Cuando llegué, vi que el señor Ronaldo tenía esto sobre el pecho -añadió el doctor Sánchez. Había sacado algo de sus bolsillos y se lo enseñó a Elías-. Por desgracia no tenía uno de esos sachets plásticos que usan ustedes, esos con los que almacenan las pruebas -precisó-. Pero, dado que uso guantes de látex, si hay ahí alguna huella de seguro podrá encontrarla, espero. Tenga.
Elías miró el objeto. Era una bolita roja con un número en un costado, similar a las que usan para jugar al bingo en los hogares. Tenía el número setenta y tres.
-Gracias, doctor. Ahora -Elías se volvió a Martínez-, ¿puede llevarme al cuartel? Quizá haya alguna otra huella que nos permita descubrir quién dejó la nota.
-Por supuesto -concedió Martínez. Le asintió al doctor Sánchez y seguido le hizo una seña a Elías para que lo siguiera.
Ambos hombres iban a salir cuando Elías se quedó parado en el umbral.
-Señor Elías, ¿qué hace usted fuera de la estación?
Martínez se volvió y consultó a Elías con la mirada.
-Ustedes dos, ¿se conocen, caballeros?
Elías asintió, tratando de ocultar su turbación. Inspiró aire.
-Señor Martínez, permítame presentarle al oficial Manuel Martero, colega mío en la Prefectura Central de la Guardia Civil. Sí, nos conocemos hará un par de años.
No se podía decir que eran amigos, aunque se respetaban. En el pasado habían tenido algún lío por faldas, así que Martero tenía sus motivos para odiarlo, y sí, si lo habían enviado a él a ese basural que era Nueva Marruecos, significaba que alguien quería fastidiarlo de verdad.
Cuando abandonaron la casa del señor Ronaldo, tanto Elías como Martero repararon en el número que había en la puerta: 4473. Martero enarcó una ceja; Elías no dijo nada.
3.
-Ahora, quisiera pasar a una última pregunta, señora. Dado que los días por aquí suelen ser demasiado tranquilos, en especial los de invierno, imagino que ustedes tendrán algún pasatiempo, ¿verdad?
La mujer miró a Elías con gesto adusto, tratando de adivinar adónde se dirigía. Martero, en tanto, que como una sombra acompañaba a Elías a todas partes, sentado a su lado se estudiaba las uñas con parsimonia. Al final, la mujer sólo dijo:
-Nos basta con la televisión.
-¿No tienen ustedes -insistió Elías-, por ejemplo, juegos de cartas, un bingo, quizá?
-Ya le dije que sólo vemos televisión.
Se habían pasado tres días haciendo visitas similares. Elías siempre terminaba preguntando en cada casa si tenían un bingo, y cuando le contestaban que sí, pedía verlo, con la esperanza de que en la bolsa con las bolitas faltara la número setenta y tres y el juego coincidiera con la que conservaba del difunto. Por otra parte, la bolita que le había entregado el doctor Sánchez no tenía huellas dactilares. Además, habían registrado a conciencia el hogar del señor Ronaldo, pero no encontraron nada que sirviera. El difunto había sido empleado de ferrocarril en su juventud y su única rutina consistía en dirigirse cada fin de mes al banco del pueblo a cobrar el cheque de su pensión, y cuando salía para otra cosa sólo era para comprar víveres. No tenía cuentas pendientes con nadie, ni siquiera hacía anotaciones en algo como un diario de vida, no tenía cuenta bancaria, ni teléfono, ni tarjetas de presentación de otras personas que pudieran revelar un nexo con algo medianamente remoto; en fin, parecía que lo habían parido y dejado solo entre las cuatro paredes de su hogar.
-Esto no va a ninguna parte -dijo Martero cuando salieron de la casa de la señora-. Tu muerto es un libro en blanco.
-Eso es lo que me llama la atención -dijo Elías-. Aun suponiendo que el asesino hizo una especie de sorteo y le tocó el número premiado al señor Ronaldo, es demasiado raro que precisamente sea un sujeto sin conexiones con el exterior, una especie de ermitaño urbano, por así decirlo. ¿No te suena contradictorio?
Caminaron rumbo a la estación, las manos cruzadas detrás. Las hojas de los pocos árboles que había comenzaban a acumularse en la vereda, señal de que el invierno estaba próximo.
-¿Eso es lo único que te llama la atención? No me has preguntado cómo es que llegué poco después de que se cometiera el crimen.
-Bueno -dijo Elías-, tú mismo lo dijiste: que habían recibido una llamada en la central y que decía que yo estaba en peligro precisamente porque había abandonado la estación. Si la llamada la hizo el asesino o no, nunca lo sabremos.
-Como sea, parece ser alguien que está al tanto de la orden que tienes de no salir de esa estación.
Elías se detuvo. Martero se volvió.
-¿Ocurre algo, amigo mío?
Elías no dijo nada. Sólo reanudó el paso.
4.
La casona del doctor Sánchez era de estilo colonial español, bastante bonita, estaba ubicada en la cima de un pequeño monte y gozaba de una espléndida vista del valle de Nueva Marruecos, junto al cual corría un río que en verano hacía las delicias de los pueblerinos. De hecho, allá abajo, en el bosque, había una zona de campings y quinchos para asados y el lugar era visitado todos los fines de semana por alguna familia que deseaba pasar allí una tarde recreativa, un almuerzo dominical, pescar truchas en el río, etcétera.
Elías se reclinó en la mecedora y contempló el atardecer, una copa de vino en la mano, gentileza de Sara, la hija del doctor Sánchez.
-Mi padre viene enseguida -dijo la chica y se retiró.
-Gracias, es usted muy amable.
Al cabo, Elías escuchó unos pasos más pesados y supo que se trataba del doctor. No se molestó en voltearse, como si no quisiera perderse aquel crepúsculo.
-Sí... -escuchó que decía Sánchez-. En verdad que es una vista maravillosa.
-Tiene usted una casa muy linda, doctor -dijo Elías.
-Es usted bienvenido en mi casa, señor Elías -dijo Sánchez al tiempo que ocupaba la otra silla mecedora-. Puede venir cuando quiera.
-Se agradece.
-El comandante Martínez conocía al señor Ronaldo, ¿verdad? -preguntó de pronto Elías, cambiando de tema.
Sánchez movió la cabeza, incómodo.
-Tal vez, ¿por qué lo piensa?
-Pues -dijo Elías-, no sé de qué otra manera Martínez podía saber que el señor Ronaldo no tenía familiares o amistades. A lo menos deben haber tenido algún negocio juntos.
-¿Un negocio?
Elías asintió.
-Verá usted, con mi colega hemos estado haciendo algunas averiguaciones. Sabemos que Gustavo Ronaldo salía poco, pero hasta el momento nadie nos había dicho que de noche solía visitar el supermercado del señor Martínez, que se lo arrendaba al señor Ronaldo. Me lo contó una viejita, ¿sabe?
-Entonces -aventuró Sánchez- Ronaldo quizá sí tenía un amigo. O quizá no tanto, si Martínez terminó matándolo.
-Hmm -dijo Elías-. Es algo que debo preguntarle a Martínez, ¿no cree usted, mi buen doctor?
Dicho esto, Elías se puso de pie y le tendió la mano a Sánchez. Luego, se revisó los bolsillos y extrajo la bolita roja. La depositó en una mesita que había entre las dos mecedoras, junto a la copa vacía.
-Gracias por la pista, doctor. Es usted un buen hombre.
Sánchez sonrió.
-Ha sido un placer, señor Elías.
5.
A la mañana siguiente había gran concurrencia frente al cuartel de bomberos, pues ver que en un auto policial se llevaban esposado al propio comandante y jefe del cuerpo policial de Nueva Marruecos era espectáculo raro de presenciar. Elías y su compañero Martero permanecieron dando algunas instrucciones a la pareja de policías -dos de los bomberos del cuartel que nada más tuvieron que cambiarse de gorras para oficiar como tales- y luego se retiraron al interior del cuartel. En cuanto a la gente, al darse cuenta de que ya no había nada que ver, poco a poco comenzó a marcharse.
Mientras se dirigían a la oficina que hasta hacía nada había ocupado el señor Martínez, Elías consultó a Martero con la mirada. Martero le guiñó un ojo.
Se encontraron con el teniente de bomberos Diego Navia, quien ahora se hallaba ordenando unos papeles que Martínez había dejado sin despachar.
-¿Puedo ayudarles en algo, caballeros? -dijo Navia sin levantar la vista de los papeles-. Digo, ahora que el señor Martínez no estará con nosotros durante un tiempo.
-Tengo entendido que Martínez te tenía afecto -dijo Elías al tiempo que ocupaba una de las sillas que había frente al escritorio-. Casi podría decir que te quería como a un hijo.
Navia despegó los ojos de los papeles y miró a Elías.
-Pues, para ser alguien que sólo lleva un par de meses aquí diría que usted sabe mucho, señor Elías.
-He tenido tiempo para hacer algunos contactos. Verás, cuando uno se lo pasa mucho tiempo encerrado, aprende a valorar cada minuto que pasa junto a los demás. Supongo que tú valoras mucho estar cerca de Sara, la hija del doctor Sánchez, ¿verdad?
-No entiendo a qué quiere llegar, señor.
-Pues me temo que vas a extrañarla.
-Quedas bajo arresto, teniente -se apresuró en añadir Martero en tanto sacaba su revólver y le apuntaba, por las dudas-. Las manos donde las vea, muchacho.
Navia obedeció poniendo las manos sobre la mesa.
-¿Así está bien?
Martero asintió, hosco.
Un poco más tranquilo, Elías se recostó en la silla.
-Desde un principio -dijo- me pareció que sólo alguien joven podía estar lo suficiente de aburrido como para planear un asesinato, a fin de tener algo que hacer. Entonces se me ocurrió que podía ser uno de ustedes, pues tenían el móvil -como vio que Navia parecía no entender, prosiguió-. Me explico: debe ser muy decepcionante formar parte del cuerpo policial de un pueblo tan aburrido como Nueva Marruecos y ni siquiera tener que arrestar a alguien por ebriedad. A eso me refiero con tener un móvil.
-Continúe, señor Elías.
-Después de todo, si no lo hubieras hecho tú, quizá hasta yo habría salido a matar a alguien -Elías movió la cabeza en un gesto molesto-. Porque, si no pasaba algo extraordinario, te juro que me habría vuelto loco, muchacho. Mirándolo así, quizá debiera estarte agradecido porque me hiciste un favor.
-No me diga.
-Bueno, pues después resultó que mi compañero comenzó a investigaros a ti y a tus compañeros, incluyendo al señor Martínez. Alguien más por ahí, no quiero decir quién, nos dio un mensaje en forma de bolita de bingo, como para que pensáramos que el asesino eligió a su víctima por sorteo, lo que no tenía sentido, pues de toda la gente que vive en este pueblo, era demasiado raro que precisamente resultara elegido el señor Ronaldo, que no tenía familiares conocidos ni amigos.
-¿Y la relación entre Ronaldo y mi jefe?
-Hmm, sí -concedió Elías-. Pues resulta que tus compañeros sólo lo llevaron a la estación a prestar declaración. Es sólo un procedimiento de rutina. Cuando haya terminado, se acabó, a casa, a almorzar con su esposa, que debe haberle dado un ataque con la noticia, y me alegro. Además, Martínez no resultaba beneficiado con la muerte del señor Ronaldo, pues éste le arrendaba el supermercado de su propiedad. En cambio, el único beneficiado sería su hijastro; o sea, tú. En el registro civil me confirmaron, certificados mediante, que el señor Ronaldo te había reconocido como hijo hace ocho años más o menos.
-Pero fuiste ambicioso -añadió Martero-. No quisiste esperar a que el señor Ronaldo muriera de viejo para apoderarte de sus cosas. Además, Sara no estaba dispuesta a esperarte toda la vida, y así fue cómo elaboraste tu plan. Una vez concretado, con Martínez en la cárcel, tú serías ascendido a capitán de bomberos y entrarías en posesión de las propiedades de tu padrastro. Era el plan ideal, ¿no?
-Ese viejo miserable -alcanzó a murmurar Diego Navia.
-Y -dijo Elías-, ¿qué esperabas? Si la gente actuara siempre como nosotros queremos, todo sería mucho más fácil, ¿no es así? Se llama vida, muchacho, y es dura, lo sabes bien. El doctor Sánchez nunca aprobó que tú y Sara fuerais novios, y ahora que lo pienso, cobra sentido su extraña colaboración. Cuando me entrega esa bolita de bingo, Sánchez sabe que no encontraré huellas porque esa bolita le pertenecía a él; pero así también sabe que esa pista me conducirá a ustedes.
Entonces, sin que Elías se lo pudiera explicar, Diego Navia comenzó a reír.
-¿Qué es lo gracioso, muchacho?
-No tienen nada, estúpidos polizontes.
-Cierra la maldita boca, muchacho.
-Claro, pueden meterme a la cárcel -continuó Navia, envalentonado-, pero no pueden probar que yo maté a mi padrastro. Al final tendrán que soltarme, idiotas, y entonces, entonces, tú, polizonte malnacido...
-¡Ya basta -Elías tomó del cuello a Navia e hizo el gesto de golpearlo con el puño cerrado-, cierra el maldito hocico o te lo parto!
Pero Navia continuó.
-...Y entonces sabrás por qué no debías salir jamás de esa estación de control. Cualquiera en este estúpido pueblo lo sabe, cretino, y tú no. ¿Que nunca te lo dijeron los del banco?
-¿Qué estás -balbuceó Elías, soltándolo incrédulo- tratando de decirme, imbécil?
-El buen doctor y su hija, ¿eh?
Antiguamente, la estación de control de Nueva Marruecos fue una terminal de despacho de valores. De hecho, contaba con una caja fuerte de principios de siglo, donde -Elías lo averiguó después, de boca de los tipos del banco- desde hacía mucho tiempo se guardaban los tesoros del pueblo, condecoraciones a los veteranos que habían servido en la guerra, joyas, antigüedades de valor y objetos diversos que, en total, sumaban cerca de dos millones de dólares. Los tipos del banco se disculparon con Elías diciéndole que, como no lo conocían, no confiaban en él y temían que él se robara el contenido de la caja fuerte.
En cuanto al doctor Sánchez y su hija, hasta fin de mes todavía no se tenían noticias de su paradero. La Policía Nacional todavía continúa buscándolo.
El buen doctor había ganado su propio bingo.
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