La dinastía Azgor: La sombra del nigromante


Relatos de Fantasía

28-04-2008 11:05
Por: lupin66

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/990654/

La primera parte de un relato, el prólogo de una historia complicada y oscura en la que nada es lo que parece y las tinieblas parecen imponerse a la luz.


relato, fantástico, djin
Hay historias que despiertan a dragones y elevan a simples hombres a la categoría de héroes. Hay leyendas que hablan de djins y grandes desiertos de arena, donde las dunas escuchan al viento caluroso engañar a los incautos que penetran en sus incógnitas tierras. También hay cuentos que toda madre lee a sus niños para que puedan soñar con caballeros valientes que rescatan a bellas damas. Y hay otros relatos, oscuros y misteriosos, llenos de maldad y de las más ocultas y tenebrosas elucubraciones que se pueden imaginar.

Pero sólo algunas historias narran las leyendas del pasado, que fueron inspiradas por los relatos tétricos y los sencillos cuentos de otra época ya muy lejana.

Ésta no es una de esas historias, pues lo que sigue, aunque posee todo lo anterior citado, fue real, no imaginado. En una tierra lejana, en un mundo distante, alguien abrió un cofre y en él encontró su destino y esta historia.

-Una piedra.

-Es imposible –dijo Nessius, que no salía de su asombro. Tanto trabajo, tanto esfuerzo para encontrarse ahora aquello, no era justo.

-Una piedra -repitió Jacker negando abatido, observando el interior de aquel pequeño cofre de madera–. Hemos fracasado, maestro.

Nessius se derrumbó en el sillón situado frente al escritorio donde reposaba el cofre con la pequeña roca negra en su interior.

-Quizás sea otra pista. ¿Maestro?

Pero Nessius Hyde ya no le escuchaba, sus pensamientos recorrían cada dato que había conseguido a lo largo de años en su búsqueda del tesoro perdido de Savger.

Todo había comenzado siete años atrás, cuando llegó a sus manos un viejo pergamino firmado por el propio Savger. Éste había sido un nigromante, un hechicero cuyas proezas aún hacían temblar al ser recordadas, y todavía algunas de ellas podían contemplarse. El caso más claro era el campo de Erierkbeb, cerca del linde del viejo bosque. Antaño habían sido tierras de cultivo y Savger las convirtió en el lugar más horrible del reino y de muchos otros colindantes.

Según la historia, el rey quiso terminar con las barbaridades del nigromante y mandó a su hijo junto con cien soldados a Erierkbeb. Nadie sabe qué ocurrió, pero desde entonces se levanta en ese campo un bosque de estacas con los cuerpos de aquellos soldados empalados, incluyendo el hijo del monarca. La escena sería sólo dantesca si terminase ahí, pero aún había más, ya que las malas artes del nigromante obligan a esos hombres a vivir. Su tormento aún en los días actuales no tenía límites, y sus gritos se podían escuchar ininterrumpidamente desde entonces. Era necesario alejarse dos millas para que no llegasen a los oídos esos horribles alaridos.

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Por supuesto, el rey intentó por todos los medios posibles terminar aquella tortura de su hijo y sus hombres. Fue en vano. Los ensartados desgarran a aquéllos que se acercaban lo suficiente, y poco a poco, con el paso de los años, Savger utilizó aquella manera para atormentar a sus enemigos, y los cien pasaron a ser más de dos mil.

Ahora lo llamaban el bosque infierno. Un nombre adecuado, sin duda. El manuscrito que Hyde encontró estaba firmado por el hombre que había traído un pedazo del infierno al mundo. El texto contaba en forma de clave el emplazamiento de “la fuente de todo su poder”. Así, los párrafos le llevaron a una búsqueda viajando por todo el continente, desde los desiertos de sal de Nazdaet hasta las profundidades del submundo. En aquellos peligrosos viajes de los que salir vivo parecía imposible, fue encontrando más y más pergaminos con nuevas pistas en clave que a veces tardaba meses en descifrar.

Los últimos tres años había estado acompañado de Jacker, un joven huérfano de diecisiete años que le rescató de una guarida de Furias donde había caído cautivo. Era inteligente, fuerte y muy ágil, y se convirtió en el ayudante perfecto. Tan sólo le encontraba un fallo: su atractivo era tal que le costaba pasar desapercibido allá donde viajaban, lo que era un incordio para Nessius Hyde, que intentaba llevar su búsqueda en secreto.

Hacía tan sólo un año encontró el último pergamino, o eso había juzgado. El texto le indicaba que al pie de la columna Nepkas encontraría un cofre, y dentro estaría lo que buscaba fervientemente.

-Una piedra –susurró Hyde.

Había dado toda su fortuna, siete años de su vida, una pierna que jamás volvería a funcionar como antes y todas sus ilusiones para conseguir un montón de cicatrices, dolores y, claro, una piedra.

-Maestro, aquí hay una inscripción. Creo que es Dakskiano. –Indicó Jacker señalando el interior de la tapa.

Nessius salió de su ensimismamiento y, puesto en pie de un salto, se abalanzó sobre la mesa donde se encontraba el cofre para confirmar lo que su ayudante le decía. Quizá, después de todo, no sería el fin.

-Veamos...

“De arancel no quiero oro
que fue transmutado del plomo,
es sencillo lo que ambiciono
para nada será misterioso.
Es más, lo posees cuantioso.”

Leyó, y sin entenderlo aún lo releyó tres veces más. Abatido, observó la piedra, sin tocarla; siete años sorteando las trampas de Savger le habían enseñado a ser cauto hasta el máximo.

–Se te ocurre algo ¿Jacker? ¿Jacker?

Nessius se giró al no recibir respuesta de su ayudante. El alquimista se encontró con que el joven no estaba. Su mano fue presta a su bastón, que aferró al escuchar un ruido tras las librerías.

Escrutó el laboratorio, lleno de alambiques, pociones, hierbas y velas, decenas de velas para iluminar aquella oscura habitación. Volvió a fijarse en las librerías, donde le pareció que algo se movía.

-¿Jacker?

-“El guardián no quería dejar pasar
indicaba que aquel era su umbral
desplegando las alas, comenzó a hablar:
De arancel no quiero oro
que fue transmutado del plomo,
es sencillo lo que ambiciono
para nada será misterioso.
Es más, lo posees cuantioso.
Sumerge carbón tenebroso,
en lo que para tu vida es forzoso.
Y sin más sus labios se volvieron a cerrar
Yo entendiendo y sin apenas temblar
Tomé un tarro de transparente cristal
Con mi daga dejé gota a gota derramar
Lo que permite a mi vida continuar.
Sin más espera, hundí el mineral.”

Nessius frunció el entrecejo. A la voz de Jacker le siguió el mismo joven portando un libro de tapas desgastadas. Sonreía.

-Sangre maestro, tenéis que sumergir esa piedra en sangre.

-¿Qué es eso que me has leído? –Preguntó arrebatándole el libro-. Déjame ver.

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-Es de uno de los autores clásicos, maestro. El protagonista va a buscar a su amor más allá de la muerte, y en esa parte el guardián le impide el paso y tiene que derramar su sangre, y por lo tanto parte de su vida, para poder entrar en el reino de los que ya han fallecido.

-Sangre –dijo el alquimista escudriñando la piedra–. El carbón no tiene ninguna propiedad especial mezclándose con sangre. ¿Cómo continúa la historia? La verdad, me extraña no conocerla.

-No continúa, por eso no la conocéis maestro. Es una obra incompleta y ésos son los últimos versos.

-Qué curioso... al nigromante le gustaba la literatura.

Ambos hombres observaron la piedra durante un momento, en completo silencio. Jacker dejó el libro a un lado.

-Al transportar el cofre me di cuenta de que la piedra estaba fijada al fondo. Supongo que habrá que derramar la sangre en la misma caja.

Nessius observó a su aprendiz asintiendo, no le gustaba aquello. Hasta entonces el contacto con material arcano había sido mínimo, y aquello implicaba su exposición completa. Le asustaba lo que podría pasar, pero había llegado demasiado lejos como para echarse atrás ahora. Echó un vistazo al cofre.

-Hará falta medio galón para cubrir el carbón. Es mucha sangre...

-Lo haré yo maestro.

-Podrías desangrarte –negó Hyde, rotundo–. Degollaremos algún animal. Creo que la cocinera quería sacrificar un cordero para estas fiestas...

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Jacker estaba entusiasmado con aquel tema. Veía que podía resolver el misterio y no iba a desistir fácilmente. Conocía a su maestro y sabía que podría convencer si daba buenos argumentos.

-Pero no creo que Savger, el mayor nigromante de todos los tiempos, fuera a dejar que el precio a pagar fuera sangre de cordero, conejo u otro animal. Además, no hay porque cubrirlo, con la mitad... Ni siquiera me marearé, maestro.

Nessius Hyde lo pensó un instante. No perdían nada por intentarlo. Desde luego, no permitiría a su aprendiz que se excediera. En cuanto lo viera pestañear demasiadas veces le detendría. Encontraría de seguro algún condenado a muerte repleto de sangre para llenar a rebosar aquel cofre.

-Está bien –accedió por fin.

Jacker tomó un cuchillo y, sin vacilar, se hizo un corte en la muñeca. Se colocó sobre el cofre y dejó que el humor rojo cayese sobre el carbón.

***

El hombre observó la sala vacía. Las cortinas estaban cerradas, los mármoles y mosaicos ya no brillaban, las escalinatas y los tronos se alzaban como estatuas sin nadie que les diera vida, sin el brillo que había visto hacía años. En aquella sala dio sus primeros pasos, allí jugó con su padre, en ese trono se sentó el mismo día en que fue proclamado rey. Aún notaba en sus dedos el tacto de la piedra grabada.

Cerró los ojos. Sus largos cabellos caían en cascada en torno a los hombros, la corona dorada brilló con el postrero rayo de sol antes de que su fiel sirviente tapara el ultimo resquicio aún sin cegar de las ventanas.

-¿Qué voy a hacer ahora, mi buen amigo? ¿Qué puede hacer un viejo que ha perdido a todos sus hijos, que ha visto morir a su esposa y a tanta gente? –El anciano rey se quitó la corona observándola con cariño–. Éste es el fin más amargo que nadie pudo soñar.

El sirviente hundió el último clavo, dejó el martillo y se acercó a su monarca. Se limpió el sudor de su rostro con el dorso de la mano y aferró el hombro del rey demostrándole su cercanía.

-No tenéis la culpa, majestad. Todo es culpa de ese desalmado. Rendir vuestro reino ha sido la mejor opción; o eso, o nos masacraban a todos.

El viejo rey asintió pesaroso.

-Pero les he condenado, nos he condenado a todos. Ese... monstruo –dijo con desprecio- será un tirano que coartara de libertades a toda mi gente... puede que los esclavice. Y yo no he obrado todo lo que podría haber hecho.

El sirviente zarandeó al rey en su trono. En cualquier otro momento habría sido una ofensa, y no habría osado hacerlo, pero apreciaba mucho a su monarca. Hangard II había sido un magnifico rey, el mejor que había nacido de la familia de los Azgor, quienes llevaban al frente del reino muchos siglos.

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-No os mortifiquéis, majestad. Hicisteis todo lo que estuvo en vuestra mano.

Hangard suspiró. Podía contárselo, ya nada importaba, ni siquiera importaba el contar la gran vergüenza de su linaje.

-Aún hay algo que no me atreví a hacer, mi buen Braúl...

El sirviente frunció el entrecejo confundido.

-Pero es tan vergonzoso... –continuó-. Aunque ya no importa... Hay una cripta en las alturas del pico Azador... Hace muchos años mi padre me llevó allí y me contó y... y me mostró lo que había más allá de una larga gruta.

-¿Qué había allí, mi señor?

-Huesos... centenares de esqueletos humanos... Era un altar, un templo oscuro que podía otorgar increíbles poderes a cualquiera... pero es tan sumamente peligroso... el precio que hay que pagar es imposible de apreciarse.

-¿Magia oscura?

-Más que oscura, terrible. Mi buen padre me dijo que nunca debía de acudir allí, jamás.

-Entonces, ¿por qué os lo mostró?

-Porque allí hay un hombre vivo, si es que se le puede llamar así, una criatura tan maligna como la misma esencia que mana en aquel lugar maldito. Y aquel hombre fue un día mi hermano... Sí, Braúl, ésa es nuestra gran maldición. Generación tras generación nuestra familia ha estado atada a aquel lugar. El primogénito de cada nuevo rey debía ser entregado en el altar donde nuestro familiar le educaba en aquellas artes. Al parecer, cuando estaba listo, el mismo aprendiz mataba al maestro. Siempre ha sido así en doce generaciones. Cuando nació mi primogénito me negué a entregarlo, pero él apareció aquí, aquella criatura me lo arrebató y me maldijo. Nunca olvidaré sus palabras de cuervo viejo: “Tú sangre ya maldita quedará de nuevo mancillada, pues la ambición de los antepasados fluye en ti a tus futuros hijos. Dos veces maldito, rey de ningún reino morirás bajo la espada de tu propia sangre”.

Braúl estaba pálido.

-Dios mío todopoderoso... cuida de nosotros.

Hangard negó.

-No hay ningún Dios que nos proteja ahora.

-Acudamos a vuestro hijo majestad, puede que él se enfrente a ese monstruo.

-Lo siento, para mí es tarde, ya se acerca.

Braúl frunció el entrecejo. Parecía que su rey había perdido la cabeza por completo.

-¿Pero qué decís, Milord? ¿Quién se acerca?

La puerta del trono estalló en cientos de pedazos. Braúl se colocó ante el trono de su rey, protegiéndolo con su propio cuerpo. Un joven de cabello largo y rubio lo miraba directamente con ojos verdes brillantes, encendidos como llamas. Vestía ropas raídas y en su rostro se perfilaba, orgullosa, una media sonrisa cínica.

-Hola, Hangard –dijo el joven con una poderosa voz–. Aparta de ahí, inepto.

Braúl no pudo cubrirse. Un golpe invisible lo lanzó lejos del trono, haciéndole caer justo debajo de uno de los ventanales ciegos, donde se golpeó la cabeza.

Hangard observó al joven.

-Soy el dos veces maldito.

-Así es, mi querido rey.

-Te ha engañado, te ha utilizado.

-No, tú me arrojaste a un pozo de miseria, fue tu mano la que me exilió nada más nacer. Y aún tuviste la osadía de acudir a verme, y aunque hace diez años que tus visitas se terminaron, yo no te he olvidado, jamás.

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Una lágrima surcó la mejilla del rey y cayó sobre el trono pétreo.

-Lo hice por ti.

El joven rubio rió a carcajadas mientras desenfundaba su espada, larga y enorme, con la empuñadura de hueso.

-Adiós, padre.

La espada atravesó al rey tan rápido que Hangard se sorprendió. El arma penetró en su pecho, le partió la columna y atravesó el respaldo de su trono. Inclinado, aún vivo y con la boca abierta, un hilillo de sangre y saliva goteo sobre la espada de su hijo. Echando mano de todas las fuerzas que le quedaban, apoyándose en la hoja de la espada, levantó la vista.

-Fracasarás.

En el rostro del joven se reflejó un gesto de asco, quizás también de sorpresa. De un tirón sacó la espada del cuerpo de su padre y, con el mismo impulso, que utilizó para liberarla, realizó un arco y de un tajo seco cercenó la cabeza del monarca, que cayó a un lado mientras el cuerpo, inerme, se desmoronó sobre el trono.

La corona, que había estado sujetada por las manos del rey, resbaló de entre sus dedos muertos y cayó resonando el golpe metálico en la sala. El joven rubio enfundó la espada y, tomando la corona, tras observarla durante un instante, la lanzó a uno de los ventanales. Las tablas que lo cegaban cedieron como si hubieran sido golpeadas por una bala de cañón y los cristales estallaron, la corona se deshizo en el impacto.

La luz penetró en la sala a raudales sobre el trono, el monarca muerto y su asesino triunfante.

-Este reino es el primero de muchos en caer, y de sus restos surgirá un nuevo poder que proclamará a gritos el nombre de su nuevo rey, de su nuevo Dios. Todos me temerán, impotentes, pues mi poder hará temblar los mismos pilares del mundo.

 

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